Por @beatrizpalmero
Nunca me ha gustado mucho el baile de nombres en los mercados de fichajes. Son como esos petardos, que hace mucha ilusión prender pero que molestan sobremanera cuando estallan. La mayoría son fuegos de artificios, para ilusionar al personal, o, en ocasiones, para jugar a la ruleta rusa a ver si suena la flauta y arreglamos una credibilidad maltrecha. Con el tiempo he aprendido a saber de qué informaciones puedo fiarme, pero reconozco que la profesión me ha dado claves que desde fuera difícilmente se aprecian, pese a que los periodistas tendemos a creer que todo el mundo ve lo mismo que nosotros. Mera deformación profesional.
Por primera vez en mucho tiempo, vivo el mercado como espectadora. No tengo que hacer llamadas, ni indagar en las web a ver si salta la liebre en algún medio peninsular, ni estresarme porque se acerca el informativo y no tengo ninguna novedad que aportar. Y es un alivio. Al fin puedo ver el mercado de invierno como lo que es, un tiempo en el que se intenta pescar salmón en lugar de trucha con la menor carnada posible. Como una aficionada más, solo me queda esperar, para ver si llega un “mirlo blanco”, que diría Miguel Concepción. Pero si algo he aprendido a lo largo de las temporadas es que rara vez el mercado de invierno supone un antes y un después. Sólo si el grupo tiene mimbres los que estén por llegar pueden dar algo de aire fresco y calidad. Y este año soy optimista. El Tenerife tiene buenos números en casa, hay un buen grupo en el que, además, hay margen de mejora. Claro que será inevitable que, venga quien venga, se utilizará como arma arrojadiza contra Alfonso Serrano, el consejo de administración y el mundo mundial. Menos mal que ahora puedo abstraerme de todo eso.
Así que me sentaré a esperar, como cualquier aficionado, mientras espero de nuevo a volver al Heliodoro. El parón navideño se me está haciendo largo.