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Menos es más (8-6-15), por @RondosCutillas

El fútbol es mi deporte preferido desde que era un niño. Es capaz de darte las mayores satisfacciones y también disgustos inolvidables. Puedes vivir un año absolutamente para olvidar y, al siguiente, enmarcarlo con el lazo de la gloria eterna. Del cielo al infierno o viceversa en unos pocos meses. Con la oportunidad de sacarte el mal sabor de boca en apenas siete días o de que te hundan el pecho por haberlo inflado antes de lo que debías.

Así es este juego maravilloso y cruel. Pasas de la euforia de un gol al llanto de un descenso. Del abrazo de consuelo al delirio más loco. Millones y millones de personas pendientes de lo que haga un balón que se mueve con elegancia a ras de césped o aúlla de dolor por el aire mientras es maltratado sin misericordia a base de punterazos. Pero todo vale si entra en la portería adversaria. Si se consigue el objetivo. Si se gana. Porque ése es el fin último. Ganar. Y ganar. Y ganar. Y volver a ganar.

La receta de la felicidad está justo ahí. En meter un gol más que el contrario. Si eso sucede desaparecen todos los males. El fin justifica los medios. Y el resultado sepulta todo bajo toneladas de euforia y borracheras de triunfo.

Mientras todo eso vuelve a llegar a esta bendita isla, convendría hacer todo lo posible para que el Tenerife se convierta otra vez en un equipo ganador. Y, sobre todo, convendría tener memoria. En agosto de 2014 se apostó por mejorar el bloque que consiguió la permanencia a falta de siete partidos. Y no se acertó. Se fichó. Se fichó. Y se volvió a fichar. Se renovó el equipo en todas las demarcaciones, pero el rendimiento fue inferior al esperado y, salvo un par de excepciones como Vitolo o Ifrán, ninguno de los que llegó mejoró lo que ya había.

Quizá ahora que el 3-3 de Los Pajaritos echa el cierre final a la temporada es momento de hacer un balance sensato. De no caer en la tentación de hacer otro majo y limpia porque no se cumplió con el objetivo trazado. Eso es lo fácil. Lo habitual. Y lo popular.

Estoy convencido que este Tenerife, con todos sus defectos, tiene una buena columna vertebral que no debe ser destruida. Que hay varios canteranos llamados a hacer cosas muy interesantes y que, también, pueden complementar y hasta mejorar a lo que ya funciona. Y que hay que creer en ellos. Apostando. Con paciencia. Con minutos. Y también con valentía.

Para eso hay que tener un modelo y un proyecto. Y hacerlo sin urgencias. Creyendo en lo que se hace. Como el Sporting, que diseñó un equipo basado en Mareo y fue capaz de crear una corriente de viento a favor impulsada por miles y miles de aficionados que acudían con toda la fe del mundo a El Molinón. El retorno de los asturianos a Primera no es flor de un día. Ha sido el resultado de años y años de espera. De paciencia. De minutos. De valentía. De creer en una idea. De desarrollar un modelo. Y de apostar por un proyecto. Hasta el final.

Y, sobre todo, habría que recordar ahora, después de todo lo mal que se ha pasado este curso, que en este deporte todo vale si entra el balón. Si se gana. Y que para que eso suceda hay que apostar por jugadores que marquen diferencias ante el gol para evitarlos (como Dani Hernández), para fabricarlos (como Juan Carlos Real) o  para marcarlos. Y ahí es donde Alfonso Serrano debe ‘lucirse’ este verano. Ha llegado la hora de reforzar al Tenerife, pero de verdad. Ha llegado el momento de darnos cuenta de que en el fútbol, a veces, menos es más.