Por @beatrizpalmero
Viví el Mundial del 98 en Roma, donde una beca Erasmus me llevó durante un curso entero. La España de Clemente no pasó de la primera fase, pero aquella Copa del Mundo en Francia para mí supuso un antes y un después en mi forma de ver el fútbol. Me fascinó ver cómo los italianos vivían el fútbol, con pantalla gigante en el comedor universitario, camisetas azzurri por doquier y con la bandera nazionale colgada casi en cada balcón de Italia, porque hasta en Sicilia la tricolor adornaba las casas. Miraba todo aquello con cierta envidia porque en España sería imposible colgar la rojigualda de las ventanas de forma tan natural y sin más implicación que el sentirse orgulloso del lugar en el que has nacido.
Recuerdo comentar con asombro todas estas impresiones con mi amigo Vincenzo Daniele, con quien compartí algunas tardes de fútbol y muchos más cafés espressi, y él reflexionaba a su vez que, pese a todo, había cambiado ya la manera de vivir il calcio y que creía que nunca podría volver a sentir aquel deporte como lo sintió cuando su selección se alzó con el Mundial de España’82. Yo entonces era una niña que apenas sí recuerda algo más de aquella Copa del Mundo que a Naranjito. Él, unos años mayor que yo, reconoció que aquel título se vivió en Italia con la alegría de lograr un éxito no esperado, pero, sobre todo, con la espontaneidad de alcanzar la gloria cuando el fútbol era sólo un deporte, mucho antes de que se convirtiera en negocio. Decía Vincenzo que él, aún siendo un niño, recordaba aquel triunfo como algo, y recuerdo las palabras textuales, meno finto, menos artificial o menos aparatoso. Según razonaba, y obviamente no le faltaba razón, aquello había dejado de ser una simple competición para convertirse en algo que iba más allá, que tenía intereses comerciales y económicos como espectáculo de masas.
Con los años recuerdo a menudo aquel momento en el que alguien me hizo pensar por primera vez que el fútbol era el deporte rey en cuanto era capaz de mover y generar dinero en todo el mundo.
Y volviendo la vista a España, me di cuenta de que había vivido todo ese proceso. Los clubes pasaron a ser Sociedades Anónimas y a actuar como grandes empresas en las que el pequeño accionista importaba sólo en cuanto soporte simbólico. Se realizaban inversiones imposibles de asumir buscando una rentabilidad inmediata, al tiempo que se generaban deudas insalvables justificadas siempre por el interés social que tenían dichas entidades y al caso del descenso administrativo del Celta y el Sevilla me remito. En la próspera España de la burbuja inmobiliaria, el fútbol se convirtió en una burbuja más, entraron en juego los millonarios derechos televisivos que han hecho, como todo en este país, más grandes a los grandes y más pequeños a los pequeños, una España en la que los clubes participaban en pelotazos urbanísticos y pagaban (y pagan) sueldos inalcanzables, inasumibles, inapropiados a futbolistas maravillosos o no tanto.
Pero esta maldita crisis hizo estallar todas esas pompas de jabón. Y mientras a un español de a pie más nos vale no deber ni 100 euros a las administraciones, los clubes son deudores millonarios de Hacienda y de la Seguridad Social. La LFP ha metido mano al asunto y ha fijado unas normas para que los clubes vuelvan a poner los pies en la tierra y vivan acorde a su realidad, mientras el CSD ha empezado a velar por la limpieza en el fútbol y a perseguir las sombras de amaños y maletines que durante años planearon sobre nuestra liga.
Como consecuencia vemos clubes históricos como los dos próximos rivales del Tenerife, en serios problemas. El Recre, con los derechos federativos suspendidos por no estar al día con sus jugadores, el Osasuna, con varios de sus exdirectivos imputados por desviar dinero del club para comprar partidos. Miro la situación de nuestro club y entiendo que, pese a su deuda, ha sabido navegar por estas aguas procelosas en las que otros han naufragado.
Y recuerdo de nuevo las palabras de Vincenzo. No, desde luego que no viviré nunca el fútbol como cuando lo disfruté de niña. Con Rommel, con aquel ascenso de manos de Benito Joanet, con todo lo que creció aquel Tenerife al tiempo que el fútbol se convertía en negocio. Tenía razón. Entonces era todo meno finto.