Por @beatrizpalmero
Pocos gestos me han tocado el corazón esta temporada: la celebración de la remontada ante Alcorcón y Osasuna en casa, el golazo de Malbasic en el cerro del Espino (a largo plazo, el partido de la permanencia), el cabezazo en el derbi de un Carlos Ruiz echándose en aquel mismo momento el equipo a la espalda para la salvación o la garra de Suso Santana jugando con la cara partida ante el Oviedo. Pero hay uno que me ha conmovido especialmente y llámenme sentimental si quieren, y es la imagen de Raúl Cámara abandonando el campo, al ser sustituido, con la mano en el corazón, sobre el escudo del CD Tenerife que ha defendido sin reproche alguno durante las últimas seis temporadas.
Las lágrimas del madrileño despertaron inmediatamente mi empatía y allí estaba yo, llorando con él, con ganas de ser esa trastornada que salta al campo para darle un abrazo. Qué le vamos a hacer, es justo lo que me despierta su adiós, un inmenso cariño.
No recuerdo jamás una mala palabra de Raúl, un mal gesto, una salida de tono. Dispuesto a zafarse con todos, eso sí, dentro del campo, sin ninguna querencia a rehuir el choque, más bien todo lo contrario. Quizá no sea el jugador más técnico que hayamos tenido en el lateral, pero con él sobre el césped estábamos seguros de que, si le superaban, no era por falta de profesionalidad o de intensidad: si el balón pasaba, rara vez lo hacía el jugador, porque ahí estaba Raúl para tirarse con todo, siempre haciendo valer aquello de que más sabe el diablo por viejo….
Siempre dispuesto a ayudarte en todo con una sonrisa, siempre amable y cariñoso, siempre dispuesto a hablar de fútbol como pocos saben hacer, siempre pendiente de los detalles, fuera y, sobre todo, dentro del campo, ya fuese con la camiseta o desde el banquillo. No le he visto nunca negar una palabra de aliento a un compañero. Los abrazos y las lágrimas de quienes han compartido con él vestuario hablan por sí solos.
Alguna vez escribí en Twitter que en mi equipo quería once Raúles, y alguno me lo reprochó argumentando que hacían falta más Gakus o Villares. Hoy sigo manteniéndolo. Porque cuando hablo de querer Raúles me refiero a todo eso que va más allá de sus características futbolísticas y que son más importantes para un equipo de lo que puede verse desde fuera. Once futbolistas que sientan el escudo, que lo defiendan, pero, sobre todo, que lo quieran y que, por tanto, lo sufran. Y cuando digo Raúles digo Carlos Ruices, Aitores o Millas. Once como ellos. Que se sientan un blanquiazul más llueve o truene, sean excepcionales futbolistas o simplemente buenos.
Porque sentir así un escudo habiendo nacido a cientos de kilómetros sólo habla de compromiso, de profesionalidad y, sobre todo, de identificación con todos los que vamos al Heliodoro a sufrir cada fin de semana.
Gracias por todo. Y que la vida te devuelva todo lo que has dado. Es lo único que pido.