Por @beatrizpalmero
Esta misma mañana tenía una conversación sobre el llamado efecto champán. En el mundo laboral se llama así a la pérdida de ilusión que se da entre los desempleados a medida que su búsqueda de trabajo no da los resultados esperados. Y créanme, he visto como mucha gente cercana lo ha sufrido en sus carnes. También utilizamos, en televisión, la expresión efecto champán cuando una cadena obtiene unos datos espectaculares en el estreno de una serie o programa que a las dos semanas acaba con una pérdida brutal de espectadores.
En resumidas cuentas, y aquí me sale mi vena filológica, no es más que una analogía con las sensaciones que cualquiera de nosotros experimenta cuando se bebe un par de copas de champán: un sabor agradable, un arranque de eufórica felicidad… y luego la nada. O un ligero dolor de cabeza tal vez.
Y en ese momento en el que decide si le hace falta tomarse o no un termalgin creo yo que está el Tenerife. Porque me resisto a creer que el equipo que vimos ante Alcorcón o Bilbao Athletic es el mismo que me enamoró ante el Alavés o ante el Córdoba, primeros partidos en el Heliodoro de la era Martí. Y ahora se habla de que el equipo se siente más presionado cuando juega en casa porque no cumple las expectativas y leo al mismo entrenador en una entrevista de Juanjo Ramos en El Día diciendo que al equipo a veces le cuesta por “el ansia de dar más a la gente, de jugar para ellos y darle alegrías”. ¿Qué pasó ante Alavés y Córdoba para que dejaran atrás esa presión y esa ansiedad?
Y sólo se me ocurre una explicación: el efecto Champán. Esa ilusión generada por un cambio que los futbolistas mismos apreciaron como positivo y que les hizo olvidar cualquier otro condicionante. Demostrar lo que uno vale al nuevo míster, demostrar a todos que el cambio era necesario, sacudirse el mal ambiente generado en torno a Agné. Una ilusión que ellos mismos han ido perdiendo, vaya usted a saber por qué razón.
El fútbol, como cualquier deporte, es mucha psicología, así que creo que esta cuestión es más importante de lo que parece. Así que sigo dándole vueltas. Dicen los entendidos que el champán, si se toma con regularidad y mesura, es muy beneficioso: ayuda a minimizar el efecto de los radicales libres en el organismo, reduciendo la presión sanguínea y por tanto, el riesgo de infarto. Y lo pienso mejor. Tal vez no haga falta un termalgin, sino más champán. Y ahí es donde entra la labor de Martí que, no nos olvidemos, está aprendiendo a ser entrenador. Debe buscar la manera de que sus jugadores sientan más la ilusión que la presión y la ansiedad. Sabemos que hay un Tenerife que nos puede enamorar. Démosle un poco de champán.