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Martí y la tecla

Por @jf_rojas

Todos saludamos la llegada de Martí al Tenerife con entusiasmo y esperanza. Después de muchas temporadas, el banquillo volvía a estar ocupado por una figura de consenso que recordaba días menos oscuros y crispados. Su pasado inspiraba respeto y su talante conciliador y amable proponían una paz social alrededor del club que el entorno pedía a gritos. Martí lo devolvió todo con un discurso de perfil bajo, buenas maneras y con el brillo de ese carisma que solo pueden vestir los que han hecho algo importante en el fútbol. Tanto es así que tras su silueta algunos adivinábamos la sombra de Valdano, recibido también sin ninguna experiencia como técnico para terminar cambiando la historia del club para siempre.

Las expectativas eran altas pero el resplandor de su imagen rebajó el listón de la crítica a niveles desconocidos. Eso sumado a que su perfil se ajusta al preferido por el aficionado de la Isla abonó las condiciones para pacificar el ambiente y para que todos, incluidos los de dentro, volvieran a remar en la misma dirección. Pronto el equipo recuperó el vuelo y finalmente los objetivos fueron cumpliéndose a satisfacción pese a que la temporada terminó sin dejarnos una idea clara sobre el tipo de entrenador que se sentaba en el banquillo. Martí no ofreció claves sobre el estilo que buscaba más allá de mostrar cierta querencia hacia lo conservador, pero los resultados y el viento a favor consolidaron la percepción general de que poseía lo necesario para construir las cosas buenas que estaban por venir.

Se suponía que la siguiente temporada iba a servir para definir a Martí. Queríamos creer que poco a poco el entrenador iría deshaciéndose del cartel de novato para enseñar una idea de fútbol convincente. Sin embargo en ese sentido el trabajo de Martí fue decepcionante. Es cierto que bajo su dirección el equipo se quedó a un gol del ascenso, pero su aportación técnica no fue ni de lejos el factor definitivo para alcanzar ese punto. Es probable que su buena gestión de grupo y su aire apaciguador sumaran, pero la realidad es que ni el equipo mostró durante la temporada un modelo definido y constante ni sus intervenciones sobre los partidos sirvieron casi nunca para orientarlos en la dirección deseada. Terminada la temporada nuestra percepción sobre capacidad de Martí seguía donde al principio, más en el terreno de los deseos que en el de las certezas.

Pasadas catorce jornadas de su tercera temporada hay poco que añadir. El equipo da una de cal y dos de arena y el entrenador, que este año cuenta además con mucho donde elegir, sigue en ese estado permanente de búsqueda de la tecla que le conocemos desde que llegó. Ayer el Tenerife volvió a ganar pero demostró que se mantiene a una distancia sideral de parecer candidato. La plantilla de la que Martí dispone eleva significativamente el nivel de exigencia y aunque su personaje aún neutraliza en buena medida los debates, el tiempo pasa y la gente empieza a perder la paciencia. Todos nos esforzamos por creer que el entrenador está a la altura del reto pero las jornadas y los partidos se suceden sin ofrecer argumentos para alimentar la creencia. Uno se pregunta por lo que pasaría si en estas condiciones el técnico tuviera otro apellido. Confiemos en no tener que comprobarlo si un día el carisma deja de serle suficiente.