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Manu

Por @rondoscutillas

La vida me ha regalado dos sobrinos, Manu y Sergio. El mayor está a punto de cumplir 9 años y comparte con su tío la pasión por el CD Tenerife desde que comenzó a tener uso de razón. Creció pegado a un balón y, pese a los intentos de mi cuñado por atraerlo a su lado colchonero, siempre tuvo camisetas blanquiazules y me ofrecí a su madre para llevarlo al estadio desde que él quiso.

Cuando era un bebé posó con Pablo Sicilia sobre el césped del Heliodoro y, aquel ser diminuto, se convirtió, en los últimos años, en mi compañero en el estadio. Ocupó un asiento entre mi padre y yo y, personalmente, fue capaz de hacerme revivir los tiempos en los que yo también veía el fútbol con los ojos de un niño.

Mi vida profesional ha dado un giro que me ha obligado, este mes, a cambiar mi butaca de abonado en San Sebastián por las cabinas de Prensa en la de Tribuna, así que ahora recupero mi esencia y hago otra vez lo que soñaba hacer desde que era como Manu. A cambio, me pierdo la opción de vivir los partidos que el Tenerife juega como local junto a mi sobrino.

Pero, como soy terco e inconformista, trato de conversar con él en las horas previas al partido. Por eso este martes, con motivo del partido de Copa del Rey ante el Athletic, él fue capaz de hacerme sentir otra vez, y a mis 45 años, como un pibe. Manu estaba especialmente inquieto. Miraba la hora con nerviosismo y le pedía a su padre que lo llevase ya al estadio. Porque él, como todos, sabía que le aguardaba una noche grande. De las que todos echamos mucho de menos.

Él, que no ha visto todavía al Tenerife en Primera División, se incorporó como aspirante a abonado el año en el que aquel grupo en el que estaban el Choco Lozano y Amath N’Diaye, entre otros, acabó jugando la promoción de ascenso. Quizá fue la última vez que cualquier aficionado a este bendito equipo disfrutó y fue feliz. Recuerdo que la tarde de la eliminatoria contra el Getafe, Manu se la pasó soñando con ver a Cristiano Ronaldo y Messi en el Heliodoro. Y también que, de mayor, quería ser como Suso Santana y Gaku Shibasaki.

Mi sobrino, como tantos y tantos niños huérfanos de alegrías futbolísticas en clave blanquiazul, también se ha ido desencantando en las últimas temporadas. Sabe que ser del Tenerife supone aprender a sufrir para ganar un partido y que nadie nos regala nada. Ha vibrado en los derbis contra la UD Las Palmas y también se ha llevado un montón de sinsabores y decepciones. Ya es, en resumen, un birria más.

Este miércoles, como en tantos y tantos colegios de la isla, el partido contra el Athletic fue el acontecimiento del día. La conversación que protagonizó todos los recreos. Algunos, igual que Manu, lo vivieron en el estadio. Otros, lo siguieron por la televisión. Pese a la crueldad del desenlace en los penaltis y a la forma en la que se rompió un sueño que fue realidad durante un montón de minutos, mi sobrino se marchó a casa contento. Había visto en directo cómo su Tenerife tuteaba a un equipo histórico de Primera, de los que elige para sus partidos de Play Station, y también había sido testigo de una noche maravillosa en todo menos en el resultado.

Yo, cuyo primer recuerdo de un partido de Copa es un 1-4 contra Las Palmas en 1986, también sentí renacer en mi interior ante el Athletic aquel ambiente mágico que solo se crea en las grandes noches en el estadio. Esas que Manu ya se sabe casi de memoria gracias al relato de mis ‘batallitas’ de partidos especiales que, seguramente, están también en la memoria de todos los que son de mi generación o las anteriores y que tuvieron la fortuna de vivirlas.

Esas en las que la magia que genera todo un estadio empujando en la misma dirección. Las del Betis, el Auxerre, la Juventus, el Real Madrid, el Valencia, el Barcelona, la Lazio y las de tantos otros rivales ilustres que acabaron devorados por la lava de un volcán de ilusión y fe llamado Heliodoro. A mi sobrino no hizo falta consolarlo por caer en la Copa del Rey ante el Athletic. Mi padre y mi cuñado me contaron que salió orgulloso del estadio. Como su tío. Y como usted. No sé cuánto tiempo tardará mi sobrino en ver al Tenerife en Primera. Pero estoy convencido de que, si somos capaces de unirnos para conseguir la permanencia en Segunda y luego, entre todos, tenemos la paciencia de darle cariño y comprensión a un proyecto, cada vez te quedará menos, Manu.