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Los profetas

Por @beatrizpalmero

 

Nadie es profeta en su tierra. Es una expresión que recuerdo desde siempre, tal vez por aquello de haber recibido una educación católica y ser un enunciado que nace de las primeras palabras públicas de Jesucristo, después de haber sido tentado por el Diablo tras 40 días en el desierto. Y de aquel versículo del Evangelio de San Lucas que dice “De cierto os digo, que ningún profeta es aceptado en su propia tierra” (Lucas 4,24) que Jesús espetó a sus paisanos de Nazaret tras su primera prédica, recoge nuestro idioma, muy rico en dichos y refranes, esta paremia que nos viene a decir que, en nuestro entorno, tal vez por la envidia de nuestros semejantes o por exceso de confianza (ya saben que da asco) es difícil ser escuchado, valorado, reconocido. Pongan el verbo que mejor les convenga.

En cierta forma, es lo que le pasa al Tenerife hace tiempo. Las miserias del entorno ahogan a un equipo que, en ocasiones, ha hecho más méritos de los reconocidos, y que no dudo que se haya visto mermado por la negatividad prefabricada que añade una carga extra sobre los hombros porque las expectativas nunca se cumplen. El rendimiento en el Heliodoro ha bajado mucho esta temporada. Es la que peor números presenta en ese aspecto desde el fatídico año del descenso a Segunda B. Entonces, a estas alturas sólo se habían conseguido diez puntos como local. Este año hemos sumado sólo tres más. Pero sin ir más lejos, el año pasado, en el que Cervera vivió un infierno porque todo lo que hacía estaba mal y su equipo no jugaba a nada, el Tenerife había logrado 20 puntos jugando como local.

Al Tenerife de hoy, el de Agné-Martí, le salvan, con mucho los puntos logrados a domicilio, que son muchos más de los que tradicionalmente el equipo blanquiazul suele cosechar lejos de la isla. A estas alturas el Tenerife ha logrado más puntos como visitante que los logrados en toda la campaña anterior.

Y analizando estos números creo que hay poca casualidad en ellos. Obviamente, el Tenerife se ve menos exigido fuera de casa, se libera de la presión de estar a la altura de la afición a la que parece que nunca puede corresponder, porque el entorno se encarga de resaltar día sí y día también todo lo que se hace mal. Los jugadores repiten hasta la saciedad que son ellos quienes tienen la obligación de enganchar a su parroquia y esa obviedad se convierte en una penitencia autoimpuesta por la que nunca parecen redimirse. Porque nunca encuentran el momento de hacerlo, sólo mediante pinceladas que no aciertan a pintar el cuadro que tienen en la cabeza.

Y en estas viene el colista. Y, bueno, ya saben. Hay otro dicho. El de resucitar a los muertos. Algo que también se atribuye a Jesucristo. A ver si entre tanta referencia cultural cristiana el Tenerife acierta a pisar el acelerador y nos hace saltar a todos de los asientos. Tal vez entonces escuchemos con algo más de benevolencia la predicación del profeta.