Por @beatrizpalmero
Tengo que admitir que soy una fan de los doodles de Google, no sólo porque la mayoría de las veces son ingeniosos, y otras pocas interactivos, sino, porque además, es un instrumento muy simple para hacer más accesible la cultura. Es pinchar en ellos y descubrir, más veces que menos, un interesante mundo que desconocías o del que sólo tenías nociones básicas o, incluso, alguna que otra referencia de oídas. Una puerta hacia el saber a sólo un clic.
Este martes, al abrir mi escritorio en Chrome, me sorprendió ver a Lucy en el doodle. Recuerdo que una vez, hace muchos años, me llamó la atención que debiera su nombre a la conocida canción de The Beatles Lucy in the sky with diamonds, más que nada, porque dudo mucho que hace más de tres millones de años pudiera imaginarse en una estación de tren con porteros de plastilina y corbatas de cristal. En realidad, habría salido corriendo si hubiera escuchado siquiera unos acordes de la canción. De esa o de cualquier otra. Pero habría salido corriendo, y ese es el motivo por el que hoy es famosa, porque no habría trepado a un árbol como los antepasados más cercanos con los que, sin duda, convivía.
Y aunque ya conocía su historia, allí estaba yo clicando sobre el andar de Lucy, a quien seguro que su cerebro, que empezaba a ser más grande que el de un homínido, no le daba para pensar que tres millones de años después sería el Australopithecus más famoso, el más importante de su quinta, como para pensar que sería el más importante de su transitoria especie: el escalón decisivo, ese en el que ya había abandonado por completo las ramas de los árboles para vivir con los pies en el suelo, erguidos, emprendiendo el camino hacia la humanidad. En aquel momento, aquel cambio evolutivo sólo significaba que podían buscar alimento, cuando escaseaba, más allá de la arboleda, lo que le daba superioridad a la hora de sobrevivir, que de eso se trata la evolución.
Y Lucy, ocupada como estaba en sobrevivir a un entorno salvaje que seguro que a nosotros nos parecería tres millones de veces más hostil que a ella, (incapaces como somos, la mayoría, de sobrevivir sin móvil, tarifa de datos, Canal+ Liga y mimos en un cómodo sofá –por ejemplo-), no podría pensar más allá de ese instinto maternal convertido en imperioso deber que llenaría sus horas intentando proteger y alimentar a los suyos.
Nosotros tenemos la perspectiva que da la Historia que Lucy entonces no sabía que estaba protagonizando. Y, ahora, convertidos ya en Homo Sapiens (aunque a veces tengamos menos educación que un homínido, todo sea dicho), sabemos todo lo que hemos podido lograr en nuestra propia evolución como especie gracias a un cambio que ahora nos parece tan simple como caminar erguidos sobre dos pies. Correr. Primero para huir, luego para alcanzar nuestras metas, luego para algo menos inquietante como hacer deporte. Para jugar al fútbol. Y, sin duda, Lucy no sobreviviría en este mundo en el que sus tataranietas ya no llevan solas el peso de un hogar y tienen la posibilidad de correr detrás del balón igual que ellos y, además, hacerlo cada vez mejor. Nuestra Lucy bien podría llamarse María José, o Vero Boquete, o Nadine Kessler. Y además, podría volver a casa a echarse una siesta a descansar. Y, esta vez sí, podría darse cuenta de que esos pasos que parecen anónimos, están haciendo historia, abriendo el camino para las sucesivas generaciones.