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Lógica

Por @rondoscutillas

Mayo avanza a ritmo de desescalada. Teñido con los tonos de incertidumbre que ensombrecen nuestro día a día desde que el COVID-19 apareció en nuestras vidas con la intención de poner patas arriba nuestra ‘normalidad’ y nuestras comodidades. A falta de mejores noticias, al menos en los últimos días hemos podido recuperar algunas pequeñas cosas, como poder volver a visitar a la familia, a los amigos y volver a experimentar la inmensa sensación de libertad que produce poder pasear o hacer deporte. Algo es algo, aunque haya que adaptarse a las franjas horarias estipuladas y cumplir con lo que ahora llaman distanciamiento social.

Esta nueva palabra se ha unido a nosotros con la misma facilidad con la que las mascarillas y los guantes forman parte de nuestra piel. Ambos han llegado para quedarse por más tiempo del que nos gustaría y nos hemos familiarizado a llevarlos encima como podemos. Los usamos con la misma naturalidad con la que nos ponemos el reloj o nos atamos los cordones de los zapatos antes de salir a la calle. Mascarillas y guantes han desbancado en la ranking de repeticiones diarias a otras acciones de higiene personal que aprendimos desde chicos, como cepillarnos los dientes. Y también se han unido, en una trilogía indisoluble, al gesto de lavarnos las manos con la misma seguridad de que el relámpago precede al trueno.

Así que, cuando me siento ante el teclado para escribir este artículo, mi cerebro sigue empapándose bajo la misma tormenta de interrogantes que aparecen cada vez que miro por la ventana. Debe ser que soy un inconformista por naturaleza y que, pese a ser uno de los afortunados que tiene salud y conserva su trabajo, me planteo con frecuencia cuestiones como ¿volveré a poder bañarme en el mar?, ¿regresarán los domingos con fútbol? Y las tardes en el Heliodoro, ¿para cuándo?

Al menos, esta semana, he conseguido desterrar de las borrascas de mi cabeza a uno de esos fantasmas que, desde hace algún tiempo, venían para sembrar de inquietud mi vida. Me refiero al del hipotético descenso administrativo del CD Tenerife si el campeonato de Segunda División no lograba reanudarse. Y, como había dicho no sé quién, prevalecía el criterio de que se usase como última clasificación válida aquella en la que todos los equipos de la categoría hubiesen disputado el mismo número de partidos.

Ese macabro plan, alimentado sin ton ni son por la carencia informativa en materia de deportes, mandaba a los blanquiazules al pozo de la Segunda B porque ocupaban plaza de descenso justo antes de que se suspendiese el Rayo-Albacete de la vigésima jornada. Admito que mi temor no duraba más allá de unos minutos y que, como sucede con el alocado argumento de una pesadilla, terminaba diluyéndose en mi interior bajo una lluvia de razones tranquilizadoras.

La primera era que todos los estamentos del fútbol reiteraban que querían terminar la temporada. Y la segunda es que esa estúpida idea, recogida de manera unánime por los medios de comunicación como las trolas que circulan estos días a toda velocidad por las autopistas de las redes sociales, dejaba sin efecto nada menos que el resultado de otros 131 partidos que se habían celebrado después de que la afición del Rayo llamase nazi a Zozulya.

Pues, por fin, la RFEF decidió este martes poner por escrito, a través de su circular 66, qué criterio se seguiría en las competiciones no profesionales para establecer una clasificación si el fútbol no podía volver reanudarse y los equipos no tenían el mismo número de partidos. Y la solución era algo tan atinado y simple como hacer un promedio entre los puntos conseguidos y los partidos disputados.

Es cierto que la decisión para la Primera y la Segunda División, si no vuelve la Liga, la adoptaría la Comisión de Seguimiento. Pero este organismo está formado, parcialmente, por la propia RFEF a través de su secretario general junto a otros dirigentes de la patronal futbolística nacional. Así que, con una norma ya escrita, y tomando como referente algo tan justo y meritorio como el promedio logrado por cada equipo en los partidos que haya disputado, ya duermo más tranquilo. Y es que, a veces, la solución más ecuánime suele ser la menos rebuscada y la más lógica.