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Lo imposible

Por @beatrizpalmero

En España, como sucede con muchas otros conceptos, como los que encierra la bandera o la patria, el Romanticismo sufre cierto desprestigio. Durante décadas se denostó el movimiento romántico español y a sus representantes por exaltados, fantasiosos, cursis o incluso débiles. Tuvo que pasar incluso algún siglo para que escritores de la talla de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Luis Cernuda recuperaran la esencia de una época y dieran la importancia debida a la poesía de autores como Bécquer y a la prosa de Larra.

Y es que el Romanticismo no da sólo importancia a la esfera de lo íntimo, a las pasiones sobre la razón. También rescata la esencia de lo que uno es como parte de una historia común. Con el Romanticismo nacieron los sentimientos de nación y el interés por conservar lo que nos define como pueblo, desde el folclore hasta el paisaje. Pero sobre todo, el Romanticismo impulsó el potencial de cada uno de romper sus propios límites y perseguir los sueños, ya fueran esos sueños el progreso, la verdad, el amor o la patria.

Reconozco que, como filóloga, es un movimiento que siempre me ha interesado mucho, tal vez porque el nacimiento de la Europa Moderna, tal y como la conocemos ahora, está ligada a la expansión de las ideas románticas con el ejército de Napoleón. El mismo mariscal francés decía que “Lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes”, porque el hombre romántico es un hombre inconformista, que sueña con romper el inmovilismo establecido y con alcanzar metas que nadie intentó antes.

Goethe, el romántico alemán por excelencia no dudó en afirmar que amaba “a aquel que desea lo imposible”. Y, como sucedió en España, también sus compatriotas, muchas décadas después recogieron la herencia romántica, como Herman Hesse. El escritor alemán creía que “para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible”. Ese afán de superación, ese constante anhelo de superarse, de ir más allá, es lo que convirtió a aquel movimiento literario, cultural y político en algo que superó las barreras de su tiempo para empapar a las generaciones venideras. No se podría entender la poesía española de este siglo sin Bécquer, ni la literatura alemana sin Goethe, ni la actual Europa sin Napoleón.

Y ese espíritu que tanto me ha fascinado siempre, capaz de cambiar la idiosincrasia de los pueblos europeos, es el que me viene a la memoria esta semana, después de ver cómo quedó la clasificación tras el partido de Girona. Lograr el sueño está muy difícil. La lógica diría que imposible. Pero, ¿por qué no ser cómo todos aquellos que intentaron lo imposible para que surgiera lo posible?

Está en sus manos. El sueño se puede conseguir. Pero hay que creer en él y trabajar para él. Y despojarse del miedo al fracaso y a no estar a la altura. Ese es el reto, sacudirse de todo aquello que indique que es probable que todo acabe en un no, y conseguir que lo imposible sea posible.