Por @rondoscutillas
Resulta complicado tratar de escribir con positividad cuando te sientas frente al televisor y contemplas algo como lo que ocurrió en el Tenerife-Osasuna. Y, sobre todo, es prácticamente imposible dar una explicación coherente a lo sucedido. El fútbol, un deporte matemático en el que siempre gana el que mete más goles, suele ser injusto en momentos puntuales. Pero esta vez, fue excesivamente cruel.
Es cierto que el Tenerife dio síntomas de recuperación y, por momentos, pareció que podía llevarse los tres puntos. El trivote equilibró mejor al equipo e hizo que Osasuna apenas generase nada, especialmente en la primera parte. Los jugadores estuvieron implicados, muy generosos en el esfuerzo, con ayudas solidarias entre todas las líneas. A ratos, dio la impresión incluso de que los blanquiazules habían recuperado el ‘estilo Cervera’ que tan buen resultado les dio fuera de casa en el último ejercicio y eran otra vez un bloque. Todo eso me hizo pensar que había vuelto un grupo capaz de competir y no suicidarse como había ocurrido en las últimas jornadas. Incluso hasta una jugada, por fin bien ejecutada a balón parado, hizo que los isleños adquiriesen ventaja en el marcador.
Pero el fútbol es también un deporte de inercias, de intangibles y de energías. De rachas, en suma. Y el Tenerife está inmerso ahora en la mala. Transita por esa peligrosa espiral en la que cada partido es un martes y 13. La maldita ley de Murphy se ha cosido al escudo y, entonces, si algo puede salir mal, acaba concluyendo peor. Vive el equipo en una de esas malditas dinámicas que terminan por desangrar a cualquiera. Y en la que la sucesión de fatalidades (penalti en contra riguroso o que la ventaja adquirida tras el 1-2 te dure un suspiro) termina de la manera habitual, pero no por ello menos dolorosa. Gol en el descuento de los que hay que ver repetido varias veces para creérselo y ni un miserable punto sobre el que empezar a edificar algo positivo.
La derrota en El Sadar es, simplemente, producto de los mismos errores individuales que llevan condenando al equipo desde que comenzó el curso. Si no es Juana, es la hermana. Poco importa ya que sea éste o aquel, aunque hay jugadores que están muy señalados y que son sospechosos habituales a la hora de analizar su rendimiento individual, cometiendo fallos impropios de futbolistas profesionales. El problema no es que sea quién sea el autor del error, aunque estoy convencido de que los porteros del Tenerife van a salir muchas veces en el especial de ‘cantadas’ gordas de fin de año. El problema es que no se ha dado con la tecla para desterrarlos de una vez por todas y más pronto que tarde.
El Tenerife se ha metido solito en el epicentro de una tormenta perfecta y salir de la misma, con el panorama actual, resultará complicado. La ecuación es sencilla. Malos resultados deportivos más entorno crispado es igual a crisis. Crisis es igual a desconfianza. La desconfianza genera errores y los errores producen derrotas. Y ya van demasiadas en un curso en el que todos estamos hartos de que llueva sobre mojado.