Como todo canario, sigo abrumada por lo que pasó el domingo pasado en Gran Canaria. Al margen de la rivalidad deportiva, que la hay y que debe entenderse siempre como algo sano, no deja de resultarme cruel como a veces el destino retuerce sus líneas para ejecutar sus planes. Me pongo en la piel de los aficionados, de mis compañeros y no acierto a imaginar siquiera cómo se puede sentir uno ante un espectáculo tan bochornoso y cómo se puede tener la entereza de no olvidar que estás trabajando y ser, antes que nada, un profesional.
Aunque también tengo que decirlo, no puedo hablar por todos. Porque el domingo deja muchas reflexiones, pero, la primera que me hago como periodista es la ligereza con la que algunos hablan olvidando la repercusión que sus palabras pueden tener. La radio, la televisión, y, especialmente, las redes sociales, son una tribuna desde la que se puede ejercer mucha influencia. Y no hay que olvidar que tenemos también una responsabilidad al ser profesionales que ofrecen un servicio público.
Y la primera reacción que tuvieron muchos fue la de un ciudadano cualquiera: indignación y algo de vergüenza. Luego, tras el gol del Córdoba, llegó la rabia. Y la rabia es mala consejera cuando tu cometido es satisfacer el Derecho a la Información. Leí muchas barbaridades escritas por periodistas, desde los que hablaban de erradicación hasta los que directamente los llamaban ‘subnormales’ o ‘retrasados’, insultos, a mi parecer, bastante feos, porque remiten a una discapacidad. No fueron los más graves. Gentuza, hijos de mala madre (por decirlo suavemente) y otras cosas peores a las que también se sumaron algunos futbolistas.
Luego nos llevamos las manos a la cabeza por los linchamientos que algunos de esos desaprensivos y/o inconscientes (quizá las palabras que mejor los definan) están sufriendo, y muchos de esos mismos compañeros llamaban a la no violencia, tan inconscientes como ellos de que sus propias palabras habían sido el germen de una actitud generalizada.
Algunos asustados, arrepentidos, han pedido disculpas públicamente. Pero a su alrededor sólo han encontrado incomprensión, en una sociedad que no conoce los grises y que no sabe lo que es el perdón. Tan injusto es generalizar con toda la afición de la UD Las Palmas e, incluso, con todos los canarios, como meter en el mismo saco a todos los que pusieron el pie en el césped del Estadio de Gran Canaria.
Ahora hasta los medios que dan cobijo a su arrepentimiento, al drama que inconscientemente han traído a sus vidas y, peor aún, a sus familias, son culpables por dar protagonismo a los bárbaros maleducados y asesinos de ilusiones. Pero no, no han matado a nadie, ni metieron ellos el gol del Córdoba. Bastante castigo tienen ya con ser señalados, con la multa que van a pagar, con tener que bajar los ojos cuando sus familias les preguntan ‘¿por qué?’. Seguro que no todos, que algunos seguirán orgullosos aún, pero me niego a creer que son la mayoría. Todos tenemos derecho a rectificar. Por eso es muy peligroso tomarse la justicia por cuenta propia. Dejemos que actúen los que tienen que hacerlo, que se depuren responsabilidades. Pero no los destrocemos porque los hayamos convertido en chivos expiatorios.
Porque no olvidemos que, aunque fueron la causa principal de que se rompiera el ritmo del equipo, de desconcentrarlo, fueron los jugadores, que no habían matado antes el partido, los que no supieron sobreponerse. Seguramente la dificultad era enorme para hacerlo, porque estaban implicados emocionalmente con su afición. Aún así, en el bando contrario hubo once que si se centraron en lo que tenían que hacer. Hasta Miguel Ángel Ramírez tuvo que reconocerlo.