Por @beatrizpalmero
Estudié en colegios confesionales y aunque no soy una católica apostólica y romana si reconozco que en ese aprendizaje encontré lecciones muy valiosas que me han servido para mucho en la vida. Porque en las clases de Religión, ahora lo sé, también nos asomaban a la ética y a la filosofía y, al menos en mis escuelas, te daban las semillas para aprender, cual Juan Salvador Gaviota, a volar sin tener que fiarte tan sólo de tus sentidos físicos.
Una de esas lecciones tenía que ver con la libertad y con uno de los pensamientos del filósofo y economista (qué aparente contradicción, por cierto) John Stuart Mill: “la libertad del individuo acaba donde empieza la libertad de los demás”. Recuerdo haber meditado mucho sobre eso. Y todo giraba en torno a una pregunta. ¿Cuándo sabemos dónde empieza la libertad del otro? Stuart Mill ponía este límite en toda aquella acción que pudiera perjudicar al otro y que sólo entonces la sociedad podía intervenir para frenar la libertad individual. Pero ¿cómo sabemos qué es perjudicial para el otro? Porque lo que a una persona puede perjudicar, otra lo puede soportar. Al final, los límites son siempre difusos.
La pregunta nunca me abandonó y, con el tiempo, he llegado a concluir que la única vara de medir es el respeto. La experiencia me ha enseñado que la única forma de no equivocarse y perjudicar a un tercero es no perder nunca la consideración hacia el que tenemos al lado. Aunque nos parezca un ser despreciable.
Lamentablemente, a veces siento que vivimos en un mundo donde cada vez hay menos respeto. Y las redes sociales multiplican esa sensación. Nos escudamos en la libertad de expresión para dudar del otro, para menospreciarle, calumniarle, insultarle incluso. Y nos olvidamos de que eso ya no es libertad. Porque estamos conculcando la libertad de ese otro.
Y así, hablamos de periodistas vendidos sin conocerlos siquiera ni saber exactamente en qué consiste su trabajo, defenestramos a quien no piensa como nosotros y lo despreciamos, encumbramos o bajamos a los infiernos a tal dirigente o a cual jugador porque no se ajusta a nuestras ideas preconcebidas, subimos a los altares a personas tan irrespetuosas como nosotros o más, silbamos con desprecio el gesto sincero de un futbolista hacia su entrenador sólo porque no comulgamos con las ideas del técnico, olvidamos nuestra capacidad crítica para creer a pie juntillas lo que nos cuentan en el parte de turno, vemos negro todo aquello que no sea lo blanco que nosotros vemos, olvidando que la vida está llena, y menos mal, de grises, donde lo bueno y lo malo se entrelaza a veces de manera inextricable.
Y aunque, cansada de intentarlo una y otra vez, lo repito de nuevo, por si a alguien le sirve para ver más allá de sus narices, como le pasó a Juan Salvador Gaviota: “No creas lo que tus ojos te dicen, sólo muestran limitaciones. Mira con tu entendimiento, descubre lo que ya sabes, y hallarás la manera de volar”. Es tan sencillo como recordar que el que está al lado, enfrente, detrás de ti, es tan valioso e importante como tú, aunque se parezca a ti lo mismo que un huevo a una castaña, y aunque odies las castañas. Y sí, Álvaro Cervera también, mal que nos pese. Con sus grises, que los tiene y lo sabemos. Ser libre no significa tener carta blanca para decir y hacer lo que nos plazca. El otro también es libre. Y es responsabilidad de cada uno saber dónde pone el límite.