Por @juanjo_ramos
Ha sido esta 14-15 la temporada más larga, y no porque haya tenido una duración mayor precisamente, desde que empecé en esto del periodismo allá por 1996. Nunca viví algo como lo acontecido en estos diez meses. Ni siquiera en el doloroso curso del descenso a Segunda B. Tuve claras entonces las causas del desastre y que poco se podía hacer por evitarlo. El entorno, en aquel duro golpe deportivo, fue tan pacífico que asistió casi sin queja a la debacle. Provocó aquello más tristeza que enfado.
Esta vez no. Quizás por la repercusión que tienen ahora las redes sociales y/o por la situación de crisis que lleva a mucha gente a trasladar su frustración al deporte, he visto ira reflejada en muchos comentarios o reacciones a lo que iba aconteciendo en el CD Tenerife. Todo ha sido muy exagerado. Hasta el punto de levantar trincheras entre hermanos blanquiazules y convertir cada partido (casi cada día de la semana) en una batalla por defender dos posturas enfrentadas.
Dicen mis amigos que me cuesta no mojarme. Y no les falta razón. Cuando empezaba algunos creyeron que era impulsividad. Ahora creen que, simplemente, soy así. Por eso, di mi opinión desde agosto y anticipé el desastre que supondría un clima de desunión o la enfermiza falta de paciencia de la pretemporada.
Jamás entendí la importancia que se concedió a los siete partidos perdidos antes del verano, los silbidos en la segunda jornada de Liga, la dureza con la que se trataba a futbolistas honrados como Javi Moyano o Aridane, la poca importancia que se concedió a los fallos de los porteros o la lesión de Ifrán en el arranque, la ausencia de crédito de Alfonso Serrano desde su llegada o la persecución a la que fue sometido Álvaro Cervera hasta su caída. Y como no lo entendía, lo criticaba.
Quizás pude contribuir entonces a levantar esas trincheras. Por eso, reflexionaba esta semana cuando dos amigos tuiteros pedían la paz social en el entorno tinerfeñista y el final de la guerra de medios. “Por el bien de nuestro equipo”, decían. Pensé en qué podía hacer yo al respecto. Y no se me ocurrió otra cosa que mantener el discurso.
Como hace 14 meses, sostengo que es imposible que el Tenerife haga una buena temporada si esperamos cada decisión del club con la escopeta cargada. Si convertimos cada uno de sus pasos en un desastre. Lo hemos visto con la salida de Cristo Martín o el amago de Vitolo. Sostengo que el relevo en el consejo de administración es el telón de fondo de todo esto. Y que hay gente a la que le interesa que el patio esté revuelto permanentemente. Fundamentalmente aquellos que nos vendieron que todo se acabaría con la salida de Cervera, solución a todos los males.
No niego que un Tenerife sin Concepción, Serrano o incluso Agné podría ilusionar más. Que sería deseable que jugaran más canarios y que aspirar al ascenso debería ser obligatorio. Que se puede mejorar la cercanía con el aficionado, los precios de los abonos y hasta la paz en el mundo. Pero también sé que la perfección no existe. Y que este club imperfecto seguirá siendo el mío.
Critiquemos libremente. Pero pensemos, aunque sea por un segundo, antes de publicar ese tuit o ese comentario el daño que podemos hacer al jugador, al entrenador, al periodista o a nuestro equipo. Pongamos fin a la barra libre de reproches y faltas de respeto. Todos. Que de verdad nuestro equipo sea lo más importante.