Por @beatrizpalmero
Hay jugadores que te conquistan sólo con el nombre, otros desde que les ves tocar el balón por primera vez, a otros les cuesta sólo un par de goles. Pero hay jugadores que necesitan varios partidos para conquistarte, que tal vez, la primera vez ni te llaman la atención, porque sus labores son grises, menos vistosas, y que tienen la confianza del entrenador y te intrigan. Y, partido a partido, vas descubriendo por qué son tan imporantes. Y al cabo de las jornadas, te preguntas como fuiste incapaz de ver cómo brillaba antes.
Aitor Sanz es uno de esos. No hace florituras, ni regates que enamoran, ni pases imposibles de imaginar hasta que los ves. Pero su trabajo es mejor que todo eso: pone el corazón que hace falta y hace mejor a sus compañeros. En más de una ocasión me he preguntado, durante un partido, cómo no habían rescatado antes a este jugador de Segunda B. Cierto que estaba en un grande venido a menos como el Oviedo, pero me resulta extraño que, con 29 años, sólo tenga en su currículum una temporada en la categoría de plata, con el Real Unión de Irún.
Su trabajo en el equipo es impecable. Es el pulmón extra, el que siempre está allí para corregir, para robar o para llegar antes que el rival. Esa intensidad tiene un pero: las tarjetas amarillas. Viendo sus estadísticas otros años no es algo nuevo, pero sí es cierto que en lo que va de temporada ha superado su peor registro, que estaba en las 17 del año pasado. En este ya lleva 18: 14 amarillas y dos dobles amarillas, la última este domingo ante el Recre, que no sólo le hace ser baja para Mallorca, sino que, tras cumplir sanción, seguirá apercibido al estar a una sola de cumplir su tercer ciclo de amonestaciones.
El mismo jugador reconocía en la previa del Castilla que, dada su intensidad en el juego, era difícil rebajar el número de tarjetas. Yo no lo creo. Intensidad sí, pero también hay que saber medir los tiempos, saber cuándo vas a llegar tarde o cuando la jugada implica el suficiente peligro como para hacer inevitablemente una falta que conlleve amonestación. Entiendo que un jugador no puede estar preocupado constantemente durante un partido por recibir o no tarjeta, pero entiendo también que, siendo un jugador importante en el engranaje de Cervera, algo se puede y se debe hacer para ralentizar el ritmo de amonestaciones que lleva.
Lo cierto es que su ausencia llega en un tramo en el que el Tenerife decide dónde estará su futuro, si en mantener la cómoda posición para lograr la permanencia o si en embaucarse en un trayecto más ilusionante. Tampoco vamos a negar que ante el Castilla el Tenerife no notó su ausencia. Pero hay partidos y partidos, y Cervera lo sabe.