Por @pabloalbelo
Esta semana se han conocido las sanciones para lo ocurrido tras el Santa Úrsula – Tenerife B el pasado fin de semana. Incidentes de los que todos nos llenamos la boca a la hora de condenarlos, pero siempre desde la barrera. Parece que cuando al que joden es a nuestro equipo, es que el rival provocó. Eso pasa siempre. Porque, seguramente, todo el mundo te diría que desearle a alguien que se mate en un avión mientras vuelve a casa es una atrocidad, pero seguramente no le parecerá igual a los dos tontos que le gritaron eso a un trío arbitral en La Palma. Imágenes que dejan a esas personas, y no a toda la afición de un equipo, a la altura del betún.
Vuelvo a Santa Úrsula. Cuando alguien tiró una cabeza de cochinillo a Figo en el Camp Nou, seguramente al que lanzó una piedra de hielo a la cabeza de un jugador del Tenerife B le pareció mal, pero ni se lo pensó a la hora de agredir a un futbolista del conjunto rival. Cuando todos vemos una pelea en otro campo nos parece un espectáculo lamentable, pero claro, si otro provoca (algo que está muy mal, por cierto), es mejor partirle la cara que recriminarle la acción y meterle en el vestuario. Por eso digo que las sanciones no sirven para nada. Porque no es un tema de castigar, sino de concienciar. De educación, de respeto.
El primer debate que escuché el domingo, después de dos jugadores agredidos y una pelea entre numerosos jugadores, se centraba en que el árbitro había sido injusto con la redacción de acta, hablando más de un equipo que de otro. ¿Hola? ¿De verdad? Qué más da lo que haya puesto el árbitro. Lo importante es que se pegaron los jugadores de los dos equipos y eso no puede ocurrir en un terreno de juego. Lo importante es que el colegiado tuvo que ser escoltado al coche. Lo importante, de verdad, es la imagen de los menores que habría en la grada y que estaban presenciando espectáculo tan lamentable. Primero, la educación; luego, las sanciones…