Por @beatrizpalmero
Dice el periodista y escritor norteamericano Tom Wolfe que «la soledad es, y siempre ha sido, la experiencia central e inevitable de todo hombre». No sólo porque solos venimos al mundo y solo nos vamos, sino porque, en muchos momentos de nuestra vida estamos abocados a estar o sentirnos solos y, en mi opinión, nuestra actitud ante la soledad, nos define en muchas ocasiones. Es una cuestión que, además, aplico en ocasiones cuando reflexiono sobre el fútbol, que siempre he considerado un reflejo fiel del mundo real. Desde que fui a los primeros entrenamientos analicé siempre la paradoja de la soledad, tan propia del ser humano: sentirse solo pese a formar parte de un equipo formado por decenas de compañeros.
Lo pensé la primera vez cuando veía un día tras otro a Javi López hacer carrera continua en el Heliodoro. Y ese pensamiento volvió cuando, en algunas pretemporadas, algunos jugadores eran apartados del equipo como invitación poco sutil a buscar equipo. Pero la soledad aparece no sólo en estas situaciones excepcionales dentro de un equipo.
Pensemos por ejemplo en Borja Lasso, que cumple ya varios meses lidiando a solas con su lesión. Solo a veces está el delantero, como una isla en medio del océano esperando la visita de un barco, como Fran Sol en El Molinón esperando un balón (hasta un pareado me ha salido). Y solo en muchas ocasiones está el portero, siempre al margen del juego del equipo pero con un papel tan importante en él. Aunque, sin duda, la soledad acompaña aún más al portero suplente, un puesto tan específico que aboca a uno de los guardametas a aguardar en el banquillo la desgracia del titular. Pienso en Dani Hernández, que logró entrar de nuevo en el equipo la campaña pasada antes de que una lesión tirase por tierra todo el trabajo. Su papel, ingrato, es hacer equipo mientras comparte intimidad con la soledad, sin perder la sonrisa, sin arrojar la toalla, sin bajar el nivel.
En esa tesitura debe estar ahora mismo Carlos Ruiz, el único jugador de campo con ficha profesional y no lesionado que aún no ha disputado ni un solo minuto, como si fuera Dani Hernández, sólo que su puesto no es tan específico como el del guardameta. Y, conociéndolo, me lo imagino ejerciendo como uno de los capitanes, llevando galones, apoyando a sus compañeros, tirando de ellos, y guardando sus penurias para contárselas a Soledad.
Sí, me reafirmo en mis pensamientos. Nuestra actitud ante la soledad nos define, nuestra relación con ella, nuestra forma de dialogar con ella cuando estamos en grupo: entregarnos a ella y a su amargura, o aceptarla como alguien que viene a exigirme más y a hacerme mejor.