Por @juanjo_ramos
De repente emergen las críticas guardadas bajo llave a Ramis. Celosamente escondidas durante las primeras cinco jornadas de Liga, menos a mano que la contraseña 1234 de la tarjeta de crédito de alguno. Incluso afloran veladas indirectas sobre el nivel de algunos jugadores.
A buen recaudo siguen los ataques furibundos previos a cada junta de accionistas y que solo aparecen cuando el equipo va mal. Como si los errores de gestión se esfumaran con las victorias. Bueno, algo de eso pasa.
Vivimos en un mundo inconformista, en el que un amigo toma la iniciativa de ayudar a los damnificados por la erupción volcánica de La Palma y los demás le decimos que bien, pero que tenía que haberlo hecho de otra forma. Vamos, que en cosas menos importantes como el fútbol, vale todo.
Y ante eso, prefiero pensar que los derrotas tienen su utilidad. No solo para aprender de los errores, sino como una purga. Estamos en ella, claro. En 15 días viene el Amorebieta al Heliodoro y, como pasa siempre en el fútbol, la afluencia de ese día dependerá de lo que haga el equipo en Huesca. Vendrán los aficionados seguro y se sumarán los clientes si las buenas sensaciones que sigue transmitiendo el Tenerife se transforman en puntos provenientes de El Alcoraz. Siempre fue así.
Ocurre que estamos ante una oportunidad de cambiar las cosas. También suele suceder cada año y la tiramos por el sumidero porque es más fácil, más rápido y desahoga más destruir que construir. Este proyecto 21/22 aspira a ser el Elche de hace dos años. Ese candidato que no lo es en la casilla de salida, pero que va adquiriendo tal etiqueta a base de éxitos semanales.
El secreto es mantener la confianza, aplazar las calificaciones (y descalificaciones) e ir partido a partido. No es celebrar los goles del Eibar porque metían al Tenerife en ascenso directo ganando al Mirandés y estar preparado ahora, dos derrotas más tarde, para decir que todo es una mierda.