Por @beatrizpalmero
El almirante norteamericano James Stockdale cayó prisionero durante la guerra del Vietnam. Dado su rango, fue sistemáticamente torturado durante ocho largos años en los que, lejos de caer en el pesimismo o la desesperación, resistió con una entereza difícil de imaginar. Vivió su cautiverio sin saber realmente si algún día tendría fin, si saldría vivo y si vería de nuevo a su familia, pero, pese a ello, no dudó en lesionarse a sí mismo para que sus enemigos no lo usaran como propaganda o en transmitir información secreta a través de las cartas que le dejaban escribir a su mujer.
Finalmente pudo volver a casa y entonces le preguntaron cómo pudo sobrevivir y su respuesta fue simple: «Nunca perdí la fe, nunca dudé de que iba a salir». El ejemplo vivo del optimismo y la fe en uno mismo. Sin embargo, también le preguntaron quién no lo había conseguido y su respuesta fue, cuanto menos, paradójica: «Los optimistas». ¿Como es posible? ¿Cómo no iban a sobrevivir los optimistas? La respuesta era más simple y menos contradictoria de lo que pudiera parecer: «Los optimistas en Navidad decían: “en Navidad estaremos fuera”. Y llegaba Navidad, y pasaba Navidad. Entonces decían: “Por Pascua estaremos fuera”, y llegaba Pascua, y pasaba Pascua. Y entonces el Día de Acción de Gracias, y entonces volvía a ser Navidad otra vez. Y se morían porque se les partía el corazón.”
Lo que se ha dado en llamar la paradoja de Stockdale en psicología simplemente nos viene a decir que un exceso de optimismo puede ser más contraproducente que el propio pesimismo, por la misma razón por la que un exceso de expectativas puede ser tan frustrante como la total carencia de ellas. Ambos casos llevan a al desilusión y la falta de motivación.
Y aquí en Tenerife pecamos de ambas cosas, de pesimismo extremo y de optimismo extremo. Empezamos el verano poniendo el grito en el cielo porque el director deportivo hizo un ejercicio de sinceridad y lo acabamos eufóricos por la plantilla que había construido. Empezamos ganando dos partidos y ya nos imaginamos siendo el Levante y arrasando en la categoría; perdemos uno y, ¡qué fiasco!, volvemos a lo de siempre, no hay forma de destacar en esta categoría…
Situémonos en el medio. Tal vez esta derrota sea el mejor antídoto para poner los pies en el suelo y medir las expectativas. Dejémonos sorprender, disfrutemos. Dejemos atrás los extremos, nuestro equipo lo agradecerá.