Por @beatrizpalmero
Estamos en Semana Santa e ineludiblemente se me vienen a la cabeza algunas citas para explicar aquello que me ronda desde hace unos días. Como ya he dicho en más de una ocasión, recibí una educación cristiana que, inevitablamente, dejó su huella por mucho que, con los años, mi postura sea absolutamente crítica con la Iglesia como institución. Pero no, no voy a hablar aquí de la diferencia entre un cristiano y un católico, que seguro que no les interesa. En realidad, sólo estoy en uno de esos días en los que no me apetece seguir poniendo la mejilla.
Es este, para mí, uno de los conceptos revolucionarios que Jesús de Nazaret lanzó en el conocido Sermón de la Montaña, donde, en teoría, se ponían las bases de una fe nueva y revolucionaria –al menos debería serlo- que acabaría llamándose Cristianismo. Decía Jesucristo que “No resistan al que es inicuo, antes bien, al que te dé una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5, 39). A mí cuando era niña me parecía algo imposible de cumplir porque, ¿hay algo más atractivo para un niño que el ‘ojo por ojo’? Eso de tomarse la justicia por su mano es algo muy satisfactorio. Me parecía entonces un acto supremo de fe morderte la lengua y esperar pacientemente a que impartiese justicia quien realmente debía hacerlo.
Obviamente, son conceptos que, con los años, comprendes mejor y de otra manera. Y lo que entonces me parecía un esfuerzo sobrehumano, hoy me parece una actitud inteligente. Lejos de lo que pueda parecer, el concepto de poner la otra mejilla no supone que dejes de luchar, que dejes que te pisoteen o que te humillen sin dar respuesta. Simplemente significa que no hay que caer en provocaciones, porque contestar a una ofensa hecha con el ánimo de desencadenar una reacción adversa, sólo supone rebajarte al nivel de quien te ofende. Y tus actos, por mucho que hayan sido provocados, no dejan de definirte. Y soy de la opinión de que la vida al final ponen las cosas en su sitio y todas las máscaras acaban cayendo tarde o temprano sin necesidad de mancharte las manos pegando bofetadas.
Claro que a veces hay que decir basta. No caer en la provocación no significa caer en la pasividad. Yo llevo semanas, meses, recomendando a compañeros que no respondan a ciertas agresiones, especialmente en redes sociales, porque, ya saben, todos parecen saber mejor que uno lo que es ser periodista o no, cómo hacer tu trabajo, o juzgarte sin haber cruzado dos palabras contigo. Y creo sinceramente que, a palabras necias, oídos sordos y, normalmente, con el silencio, las aguas vuelven a su cauce, porque todo cae por su propio peso.
Hasta las acusaciones de que me alegro de que el Tenerife de Agné no gane. Ahora resulta que no puedo decir que se me queda corto el punto conseguido en Barcelona y más después de ver la magnífica segunda parte que jugó el Tenerife con un rival que tenía un hombre menos, mermado por las bajas (hasta 7) y que llevaba siete jornadas sin ganar. Porque si lo digo es que soy una cerverista recalcitrante que deseo el mal al nuevo técnico. ¿En serio? Podría decir que pese a tener pase de prensa desde hace años compro mi abono religiosamente, que tengo más acciones de las que necesito para ser abonada, que voy al Estadio antes de que el Tenerife subiera a Segunda allá por el 87, o muchas otras cosas. Pero no tengo por qué dar explicaciones a quien no siente respeto por una persona que no conoce, de la que no sabe nada y con la que no ha cruzado dos palabras en su vida. Si acaso 140 caracteres. Así que aquí va mi bofetada a todos aquellos a los que por norma general no me tomo la molestia de responder. Y disculpen si no lo hago, sólo estoy demostrando más respeto del que ellos tienen por mí.