Por @jf_rojas
Da la sensación de que desde hace tiempo las redes sociales le roban protagonismo a los campos de fútbol. Hasta ahora los Estadios siempre habían sido el parlamento en el que la afición manifestaba libremente sus sensaciones. Era ahí, con el césped de testigo, donde se liberaban las energías que a la postre provocaban los cambios y las revoluciones. Uno sólo podía conocer con certeza la verdadera temperatura del ambiente que rodeaba a tal o cual equipo después de asistir a la reacción de su grada el domingo. El campo era el auténtico espacio plebiscitario, el único y verdadero escenario en el que cada aficionado podía expresar de la forma más democrática posible su opinión sobre el estado de la nación futbolística.
Con la aparición y generalización de las redes sociales los aficionados han encontrado otro espacio para manifestarse. Cualquiera puede hacerse oír por cualquiera alcanzando una notoriedad que antes habría resultado impensable. El aficionado ahora puede publicar su opinión, debatir con el periodista de turno o rajar del entrenador trascendiendo al anonimato de la multitud. Las redes multiplican el eco y fabrican la ilusión de que podemos influir en los acontecimientos, una impresión que pese a estar lejos de la realidad sí se materializa en la posibilidad de que, a diferencia de lo que ocurre en el Estadio, un puñado de opiniones puedan convertiste en tendencia de debate.
Si lo que se lee en Twitter o Facebook fuera fiel reflejo de la realidad, habría que contar los partidos del Tenerife por escándalos. La cuestión, sin embargo, es que mientras que las semanas en las redes se desarrollan entre sobresaltos y crispación los partidos se desenvuelven en un clima de calma relativa. Las redes inflan los debates y crean una impresión ficticia del ambiente confundiendo el todo con la parte. De ahí que convertir al entorno del Tenerife en un factor determinante de los resultados del equipo sea como situar el centro de gravedad de la vida social de la entidad más en Twitter que en el Heliodoro. Los que lo hacen, queriendo o sin quererlo, multiplican una ficción y contribuyen a que una minoría gritona capitalice los debates.
No creo que la soberanía del fútbol se haya desplazado desde los Estadios a las redes. Por mucho ruido que uno detecte en su timeline, la grada seguirá dictando sentencia los domingos. Medir la temperatura ambiental en función de la cantidad de tweets o retweets es tan absurdo como creer que las publicaciones de Facebook son un avance fiable de los resultados de las elecciones generales. El mundo real es mucho más amplio, plural y complejo que esta suerte virtual de debate diario en el que las obsesiones, fobias y enamoramientos personales precipitan las corrientes de opinión. Cada uno sabrá lo que hace y a quien toma como fuente para sus juicios pero yo no construiría mi discurso alrededor de unas pocas opiniones extremas que en nada tienen que ver con lo que se vive cada domingo en el Heliodoro.