Por @beatrizpalmero
Desde que estudié lejos de casa, las Navidades siempre supieron a algo especial: a familia, a vuelta a casa, a calor del hogar. Los años han pasado y es cierto que van perdiendo aquella magia que sentíamos de niños y van adquiriendo cierta pátina triste que dejan las ausencias importantes que la vida te va dejando por el camino como estigmas. Pero incluso en esa nostalgia hay algo de reconfortante, esa ilusión, que como he escrito tantas veces, alimenta nuestro motor. A mí las navidades siempre me traen ciertas ilusiones que, afortunadamente, permanecen invariables: la ilusión de los reencuentros con personas queridas, la ilusión de ese mensaje que te sorprende aunque lo esperes y que te hace sentir querido, la ilusión de brindar con los que quieres y, sobre todo, la ilusión de que el año que viene sea mejor que el que dejas, sobre todo si el año que se va ha sido especialmente, y permítanme la licencia, puñetero.
Porque no deja de ser cierto que, cuando renuevas las ilusiones, y tu vida se mueve alimentada por ellas, dejan una inevitable frustración si no llegan nunca. Y la frustración de ver como esas ilusiones que con tanto cariño atesoras se desvanecen es muy dura de sobrellevar, el sentir que todo camina por inercia, sin variación, sabiendo que el sol no sale mientras llueve para que veas el arco iris. Cuánta monotonía supone una vida gris sin ilusión.
Esa monotonía es la que sentí, por momentos, el pasado sábado en el Heliodoro. Hacía tiempo, nueve años para ser exactos, que no disfrutaba de un partido oficial en la grada. Fue un placer volver a recuperar sensaciones olvidadas, pero también noté ese hastío que dan las ilusiones frustradas. Atrapados en temporadas mediocres y en una vorágine de intereses espurios en torno al sillón presidencial, el aficionado carece de paciencia ninguna. La llegada de Martí parece haber encendido la nueva llama, pero tras mucho tiempo de incredulidad cuesta echar las campanas a volar. Y con primeras partes como la del Mallorca, sale a relucir toda esa incredulidad.
Afortunadamente, la vida siempre nos sorprende agradablemente si sabemos mirar. El desparpajo al que nos empiezan a acostumbrar Omar Perdomo y Cristo González es aire fresco. No siempre hacen el partido de su vida, pero ambos generan esa ilusión perdida. Es como ver agua en el desierto. Nos dejan siempre con ganas de ver más. De ver qué más pases entre líneas es capaz de imaginar Cristo, de ver qué otros recursos exhibe Omar para rematar, de ver cuántas veces más se asocian entre sí o con ‘Choco’ o con Tommy. Igual que se ha buscado encaje para que Jorge vaya adquiriendo la experiencia que le falta, que no el temple, cabe preguntarse si no hay que buscarle encaje a jugadores que aportan calidad, una visión de juego distinta, de la que carece el equipo, como la que aportan Cristo o Tommy. Darles espacio a jugadores que, en un momento dado, son capaces de generar algo de magia y, con ella, ilusión. Como la que están despertando los resultados en esta era Martí.
Y eso le pido al año nuevo. Ilusión. Que falta nos hace. Bastante dura está la vida ya ahí fuera. Y si viene con magia, mejor.