Por @beatrizpalmero
Borrando de mi memoria lo que escribí la semana pasada sobre el miedo, el domingo tras acabar el partido en Santander entré en modo pánico. Reconozco que he tenido que hacer un esfuerzo importante para superar la conmoción que me produjo la derrota para ser, más que pesimista, realista. Y analizando números, calendarios y demás, llego a la misma conclusión que todos los demás: hay que ganar al Alcorcón por lo civil o por lo criminal.
Mirando la clasificación, hay cuatro equipos por debajo que se cambiarían por nosotros con los ojos cerrados. Así que la situación no es tan mala, porque el Tenerife depende de sí mismo. Luego ya si tiramos de estadística y vemos los números del equipo fuera de casa igual nos entra el tembleque. Pero no podemos olvidar que todavía hay enfrentamientos directos por la zona baja, empezando por la visita que los de Agné deben hacer a Sabadell. Yo, a estas alturas, me conformo con un puntito en la Nova Creu Alta, siempre y cuando se saquen los seis de casa, donde el Tenerife da una imagen totalmente distinta.
No es la primera vez que la diferencia entre el equipo del Heliodoro y el de fuera es tan abismal. Pasó con Cervera, con Oltra y con no sé cuantos entrenadores más. Al final, cuando un equipo no es netamente superior a los demás, la diferencia está en pequeños detalles. En este, con las dificultades geográficas, la diferencia está en el empuje de la afición. El Tenerife es mejor en casa porque su afición lo sostiene. Y ya comprobamos este año lo dañino que puede resultar un ambiente en contra para el equipo: Una losa que los jugadores son incapaces de sacudirse de encima. Por eso es tan vital el apoyo de los sufridos aficionados blanquiazules. Ya vendrán tiempos de reclamos, cánticos exigiendo cambios o de pitos. Al final de los noventa minutos. Pero es más importante que nunca que, incluso en los peores momentos del partido, en esos en los que nuestra mermada paciencia ya haya desaparecido, el equipo siga prestando su aliento a los blanquiazules ante el Alcorcón, aunque lo que más nos apetezca sea soltar cuatro tacos y mentar a la madre del primero que nos haga envenenarnos de pura impotencia.
El equipo se juega no sólo la categoría. Se juega el futuro. Y el aficionado es, al final, quien sufre siempre las consecuencias. Porque es el que siempre queda. Así que más que nunca hay que ir al Heliodoro mentalizado de que sólo valen los aplausos y los ánimos. Que ya para sacar la rabia tendremos todo el tiempo del mundo si no funciona.