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La cultura del ruido

Por @juanjo_ramos

Nos hemos acostumbrado en los últimos años a hacerle caso al ruido. Solo un grito o un sonido estridente llama nuestra atención. Si no, seguimos sumergidos en nuestros teléfonos móviles. Da igual si estamos solos o acompañados, en casa o caminando por la calle. Ocurre que se ha perdido el hábito de escuchar a los demás, de leer y hasta de informarse como es debido.

Hace ya algunas semanas publiqué en El Día un reportaje sobre Fede Varela y Aitor Ruibal, dos jugadores del Rayo Majadahonda cedidos por Oporto y Betis, que vienen destacando esta temporada. Cuando lo enlacé en twitter, un comentario me agradeció la información. Y argumentó, con toda la razón del mundo, que echaba en falta ese tipo de publicaciones.

La tendencia actual del periodismo da poca importancia a los datos y el análisis. Prefiere hurgar en la polémica, azuzar la diferencia, buscar temas que generen debate o discusión. ¿Por qué? Vuelvan al principio del artículo: ruido.

Solo así conseguimos llamar la atención. Ni lo apruebo ni lo fomento. Pero acepto, con cierta desazón, participar en el juego con la intención de seguir en el tablero el tiempo suficiente como para recuperar el interés de la audiencia en lo que de verdad importa.

Las reglas han cambiado. Clubes y deportistas son ahora dueños de canales de comunicación propios (sus webs y redes sociales) y no ven tan necesaria la convivencia con los medios de comunicación. Al menos con aquellos que no pasan por caja.

Hace 5 años se podía entrevistar a un jugador del Tenerife al día, excepto los fines de semana. Ahora solo a uno por jornada y no siempre te toca el que has pedido. Hace 5 años hablaba un jugador después de cada entrenamiento. Ahora, no siempre. Hace 5 años podías entrevistar después de un partido a todos los que salían por la zona mixta. Ahora van dos y los elige el club.

Es solo un ejemplo. Porque hay equipos peores. Casi alivia que, en la espiral de recortes, el Tenerife no haya ido tan lejos como muchos otros. Pero eso no quiere decir que nos gusten las limitaciones, aun entendiendo que había que ordenar aquel libre albedrío.

Quizás por esas dificultades para el acceso a los protagonistas han ganado terreno en los medios los espacios de opinión y esas informaciones presuntamente internas o futuristas. Que si en el vestuario se dice que tal o que en el verano no va a seguir Fulano. Bien ejecutada no deja de ser información. Siempre que ni se abuse ni se fantasee. Pero entre todos, clubes/deportistas y periodistas, nos hemos cargado el “sistema”.

Hace 5 años hubiera sido impensable que lo que dijera el papá de Neymar, la hermana de Griezmann o la novia de Isco fueran noticia. La imagen de una tángana avergonzaba, la salida en coche de un entrenamiento y los cazaautógrafos que esperaban por allí importaban un pimiento y lo que dijera un señor a grito pelado junto a la guagua de un equipo no existía.

Ahora todo eso va por delante de alineaciones, cambios de sistema y características del rival. Vemos más veces el (mal) gesto, en un cambio o una celebración, que los goles. Y hasta nos han privado de una protesta pacífica en la grada si molesta al club o a LaLiga.

Supongo que es como ver Gran Hermano o votar a Vox. Nadie lo reconoce, pero pasa. Toca acatar las reglas del juego. Pero acatarlas no significa aplaudirlas.