Por @beatrizpalmero
En este déjà vu que vivimos en los últimos años ha incluido una constante debacle copera. Sin embargo, siempre hay alguna excepción y el año pasado pudimos vivirla (y sentirla en el campo, por suerte). Y lo cierto es que, llegados a estas alturas y con el agua al cuello siempre decimos aquello de “mejor centrarnos en Liga y olvidarnos de la Copa”. Pero el año pasado esto nos demostró que a veces seguir en Copa no es perjudicial para los intereses ligueros, sino más bien todo lo contrario.
A nadie se le escapa que los blanquiazules tienen un problema de confianza, porque cada vez que quieren levantar cabeza hay algo que les hunde, y les cuesta horrores recuperarse de los golpes. Ante el Oviedo lo vimos con la expulsión de Pomares, que noqueó al equipo durante demasiados minutos, y cuando volvió a centrarse ya perdía 2-0. Hace falta, un año más, un poco de fe en las posibilidades propias. El año pasado, la buena trayectoria copera permitió a los blanquiazules crecerse y darse cuenta de que si podían tratar de tú a tú a los equipos de Primera, e incluso soñar con estar en semis, podían sobreponerse a todo en Liga. Y con esta inyección extra de confianza, la tendencia del equipo cambió.
Así que, por qué no, vamos a confiar en que, como tantas otras veces, la historia podría repetirse. Una buena victoria en Sestao podría reparar en algo el maltrecho ánimo de un equipo que ya ha mostrado signos de mejoría bajo el mando de Ramis.