Por @juanjo_ramos
No voy a caer en esa Ley del Péndulo de la que he hablado en alguna otra ocasión. En el fútbol, a menudo, se llega a una conclusión apocalíptica unos días/partidos antes de que se desate la euforia. Uno o varios resultados cambian el pensamiento más allá del juego y las sensaciones. Los aficionados de teletexto, que diría mi admirado amigo Primi Rodríguez, no necesitan ver un partido. Se guían por el resultado y alguna cosa más. Por ejemplo, la alineación. Siempre se echa en falta al que no jugó y se repudia a alguno de los que siempre está. Pasa en Tenerife y en casi todos lados.
Córdoba, mismo estadio y mismo rival, sirve como ejemplo. Allí perdió el equipo blanquiazul ofreciendo las peores sensaciones de la etapa Martí en Liga. Tres días después goleó en la Copa y rompió un maleficio de ocho años sin que la competición pasara por el Heliodoro. ¿Qué cambió? ¿Fue la alineación? Sí, pero sobre todo la actitud. El Tenerife copero fue más intenso y agresivo, batalló con personalidad y aprovechó las debilidades del rival. Por cierto, el rival también importa al analizar. Ver el once de Luis Carrión, plagado de jugadores de escaso nivel o canteranos el pasado miércoles, es clave para entender lo sucedido. No le quito mérito a nuestro equipo porque hizo lo que tenía que hacer.
No obstante, el resultado no me ciega. Sigo sin ver al equipo de la pasada temporada. Puede que sea la (aún) falta de adaptación de jugadores que están llamados a tener un peso importante (Longo, Malbasic, Montañés o el lesionado Villar) o, simplemente, que es imposible ver a velocidad de crucero a un equipo que alcanzó tal situación en enero después de cinco meses de competición de la pasada campaña. Por eso, apelo a la paciencia para comprobarlo. Pero esto último no me quita de la cabeza una duda. Y tiene que ver con el enorme potencial de la plantilla. Más allá de que Martí sea capaz de gestionarlo o no, que se verá en el futuro, esa realidad de disponer de tantos recursos puede suponer un obstáculo. Me explico. Conocer tus propias limitaciones es uno de los secretos del éxito. El Tenerife las conocía al dedillo la pasada temporada. Sabía que, sin apretar, reducía tanto sus prestaciones que podía perder con cualquiera. Siendo intenso, solidario y agresivo, en cambio, fue capaz de ganarle a casi todos sus rivales.
En este inicio de temporada he visto a ese Tenerife capaz de ganar a cualquiera en las dos primeras jornadas (Zaragoza y Barcelona B). Desde ese momento, siempre vi un equipo más laxo en las obligaciones defensivas. Partido en muchas ocasiones, obligando a sus dos mediocentros a realizar esfuerzos notables por la falta de compromiso defensivo en los cuatro jugadores de ataque. Y con errores que no eran habituales en su bloque defensivo la pasada campaña, en la que se desterraron florituras y excesos en favor de la practicidad. Si la versión correcta tarda en volver, habrá problemas. La presión, con la que hay que convivir este año, no ayudará a mantener la calma.