Skip to main content Scroll Top

La cara oculta de Cervera (27-1-15)

Por @beatrizpalmero

Algunos de los misterios que siempre me atrajeron desde pequeña giraban en torno a la Luna. Me fascinaba pensar que el mar subía y bajaba bajo su influjo y me preguntaba qué sería capaz de provocar en hormiguitas como nosotros si el océano se movía a su antojo. Y me imaginaba constantemente viviendo en esa casita de papel sobre el satélite que prometía ser tan romántica en las canciones del Dúo Dinámico, y soñaba con ver desde su ventana la cara oculta de la luna, que desde la Tierra nunca veríamos.

La imaginación infantil, como ven, da para mucho, pero con el tiempo, y tal vez por tantas y tantas obras literarias que la toman como símbolo, metáfora o imagen, acabé con la creencia de que las personas son como la luna. Todas tienen una cara visible, pero siempre hay un lado oculto a nuestros ojos, ya saben, porque lo esencial, es invisible a ellos. Y lo terrenal, mal que nos pese, ha sido siempre fiar todo nuestro entendimiento a lo que vemos, a lo que aprecian nuestros sentidos, cual Santo Tomás pidiendo meter el dedo en la llaga de Cristo.

Pero siempre hay aspectos, a veces los más importantes, que se nos escapan en el mundo de lo sensorial.

Y así, la cara que todo el mundo ve (y cuando digo todo el mundo estoy haciendo una imperdonable generalización, porque no toda la afición, aunque les pese a algunos, cantaría Cervera vete ya), esa cara es tan clara como la que cada luna llena vemos en el cielo, pero cada uno de esos axiomas, tiene un opuesto en el que nadie piensa porque no se ve, o porque no se quiere ver, que al fin y al cabo lo mismo es.  Y se repite como un mantra que el equipo no juega a nada, que el entrenador no hace más que cerveradas incomprensibles, que tiene subyugados cual dictador a los jugadores, que hace debutar canteranos de cara a la galería, que Serrano no es más que un hombre de paja que para lo que hace podría irse y… uf. Creo que así no habría mirado nunca la luna, y mucho menos para soñar.

El caso es que cada vez somos menos los que no renegamos de las noches de luna nueva. No voy a negar que a veces me aburro tanto como las ovejas en el Heliodoro, aunque esta forma de jugar del Tenerife no es nueva, sólo que otras temporadas los goles aderezaban la partida para digerirla mejor y que, incluso, las cerveradas parecían tener mejor fin que las de este año, simplemente porque los resultados se daban. Tampoco olvido que de sus manos, que otrora parecían más acertadas, ha salido el Tenerife más canario de las últimas décadas, y que ha situado en el mapa a más canteranos valiosos de los que soy capaz de recordar. Y adivino en el técnico un hombre de carácter fuerte, capaz de sobreponerse, incluso, a situaciones que pocos, entre los que me incluyo, podría soportar, aún admitiendo que su brutal sinceridad y su cierta falta de empatía con el entorno no le ayuda a venderse a sí mismo, mucho menos a vender una moto en la que pocos parecen creer.

Pero entre esos pocos, están los más incondicionales: los jugadores que tiene a sus órdenes. Esa es, sin duda, su cara más oculta, la que da en el vestuario, la que hace a los Suso, Vitolo, Aitor, Raúl, Carlos… decirle al presidente, a la afición, a quien quiera escuchar, que ellos están con Cervera, pase lo que pase. Si ellos, que sufren a  diario tanta hostilidad y se sienten culpables de no respaldar su trabajo, si ellos eligen a Cervera, ¿por qué tengo que conformarme yo con el lado de la luna que todos ven? ¿qué cara tiene ese Cervera desconocido para prensa y afición que despierta semejante ejercicio de fe? No lo sé, pero debe ejercer un influjo  muy poderoso.

Sólo encuentro un pero a la fe de este grupo en su técnico: que el divorcio entre la afición y el equipo sea ya insalvable mientras Cervera siga ocupando el banquillo. Este clima no favorece al equipo, más bien lo lastra y jugarse la categoría en semejante escenario me da pánico. Si los resultados no llegan, este ambiente es irrespirable y nocivo para los propios jugadores. Y no dudo que, también entonces, el técnico haga, como creen sus jugadores,  lo que considera que es mejor para el equipo. Aunque tampoco estará en el lado visible de la luna. Y tampoco nadie será capaz de verlo.