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La burbuja (12-11-14)

Por @jf_rojas

Leo que el Uruguay Tenerife se rompe y no puedo evitar pensar en la euforia desatada hace sólo un puñado de meses para celebrar su ascenso. La noticia de esta decadencia era esperada aunque no por ello deja de entristecer. Dejando a un lado el contexto de irregularidades y delincuencia que hemos ido conociendo las últimas semanas, lo cierto es que la empresa deportiva del equipo de Santa Cruz merecería un final más digno que el que empieza a advertirse estos días. Hablamos de otro hito en la historia del deporte tinerfeño que se esfuma en cuestión de horas sugiriendo la enfermiza fragilidad de nuestros clubes. Lo que en junio se celebraba con fuegos artificiales y declaraciones pomposas hoy se muere inevitablemente ante la falta de recursos.

En el fondo lo que ocurre con el Uruguay vuelve a desnudar la desagradable realidad del deporte tinerfeño. Cualquiera que se moleste en rascar un poco sobre la superficie de nuestros clubes descubrirá que en su mayoría se sustentan exclusivamente en el esfuerzo personal de un solo individuo. Salvo el Tenerife y quizás el Canarias, sobre los que también habría mucho que decir, el resto de instituciones están a años luz de conseguir la mínima estructura y solidez económica para garantizar la estabilidad en categorías nacionales. Sólo la tenacidad suicida de sus padrinos y las ayudas públicas, cuando llegan, soportan el peso de la  exigencia. Todo lo demás es moda, escaso compromiso empresarial y, especialmente, ausencia de una cantidad razonable de aficionados para justificar el tinglado.

Nos preguntamos con frecuencia si la Isla merece tener clubes de elite pero la respuesta es tan cruda que raras veces queremos escucharla. En realidad la verdad espera rotunda e incontestable entre los datos. Más allá del fútbol y del baloncesto, la experiencia y los números dicen que aquí no hay demanda suficiente para mantener con solvencia las necesidades de un equipo de alta competición. Por desgracia, la historia de nuestro deporte minoritario se reduce a la historia de sus mecenas y la de sus ilusiones, sacrificios, éxitos, decepciones y capitulaciones finales. La historia de Quico Cabrera, Federico Almenar, Celestino Hernández, Paco Sicilia y tantos otros que en su día llenaron de aire una burbuja que estaba condenada a reventar. Mi reconocimiento para todos ellos.