Por @beatrizpalmero
Nunca me ha gustado esta época del año. Ni siquiera cuando era pequeña, aunque junio anunciara el comienzo inminente de las entonces largas vacaciones de verano. Odiaba aquellas semanas en las que ya no había clase por las tardes, ni deberes extensos, ni esperaban exámenes decisivos, pero persistía la obligación de ir al colegio, pese al calor que hacía que el pichi del uniforme se pegara a tu cuerpo como una lapa y que te obligaba a bajar los calcetines azul marino hasta el tobillo, mientras tu mente volaba ya hacia los días por venir pegados a la bicicleta, al salitre y la falta de más horarios que los de la comida.
Esa sensación de indefinición no varió ni cuando esperaba a final de mes la Selectividad, porque los días no eran ya más que una tortura en espera de unos exámenes que ansiabas quitarte de encima para comenzar una nueva etapa; ni en la Universidad, porque ya empezabas a contar los días para hacer las maletas y volver a casa y volver a saborear una comida decente que el período de exámenes y el continuo estudiar te impedía siquiera imaginar o porque no veías la hora de que llegaran esos meses en los que ibas a trabajar en un medio y empezar a sentirte periodista.
Cuando empecé a trabajar, no haciendo prácticas, sino con contrato laboral (afortunadamente eran otros tiempos, sin duda), triste de mí, esa sensación que traía junio no cambió ni un ápice. Porque cuando eres periodista de deportes, junio siempre es ese mes árido, que suele ir antes de tus ansiadas vacaciones, en el que las competiciones ya han muerto y el mercado de verano se mueve poco, menos cada vez, y tienes que ponerte a buscar un mínimo de información noticiosa debajo de las piedras.
Un mes en el que aún se mantiene el sabor de la temporada que dejas atrás, de lo que se ha hecho bien, de lo que se ha hecho mal, de las oportunidades perdidas o ganadas, pero en el que ya comienza a brotar esa ilusión en lo que está por venir, en que, tras las vacaciones, traiga algo nuevo, distinto, que ayude a sobrellevar tus siempre cambiantes horarios laborales y tu vaivén de días libres que rara vez coinciden con los que tienen tus familiares y amigos. Esa ilusión que te haga sentir que merece la pena que tu vida vaya al revés que la del resto de la gente.
No dejo de reconocer que cada año, en esta fecha, tengo que hacer un acto de fe en espera de esa ilusión, mientras cuento los días para que comiencen de forma efectiva las vacaciones. Menos mal que 2016 nos trae Eurocopa y Olimpiadas para llenar las horas y hacer que todo pase más rápido.