Por @beatrizpalmero
Define la Real Academia Española la involución como la “detención y retroceso de una evolución biológica, política, cultural, económica, etc.”. Y en esa palabra llevo atascada desde el sábado, donde presencié el peor partido de la temporada del Tenerife. Porque fue el peor. Lo he visto perder con mejores sensaciones y mejor juego que el desplegado ante el Numancia. Así que, sí, me vuelve una y otra vez esa palabra a la mente. Involución.
Creo que el Tenerife, en lugar de ganar confianza y fe en sí mismo, retrocede. Y lo hace porque no puede creer en un patrón de juego que no tiene. Con el denostado Cervera sabía a qué jugaba. Tal vez no era un juego vistoso ni ofensivo, pero el equipo sabía lo que tenía que hacer. Cerraba filas, se mostraba solidario en las ayudas y aprovechaba la velocidad para mostrarse eléctrico al contragolpe. E, incluso con un patrón de juego tan poco espectacular, generaba ocasiones que levantaba al público de sus asientos. Porque el espectador sabía que el Tenerife acabaría llegando y que podría marcar. Ahora el público no sabe nada. Dos ocasiones claras el domingo aparte del penalti. Y sólo una en jugada.
El Tenerife heredó de Cervera esa solidez defensiva, ese juego solidario en una plantilla sana y bien avenida. Faltaba construir, ofrecer algo más, dar un paso ofensivo. Pero, una vez más, involución. No sólo no ha alcanzado ese juego combinativo que todos desean, sino que ha perdido la solidez defensiva que le caracterizaba. Ahora mismo, el equipo quiere tener el balón, pero no tiene los mediocentros adecuados para ello, busca jugar al pelotazo, y no tiene los delanteros que requiere ese juego, busca el contragolpe y tiene dificultades para enlazar las transiciones con precisión. El equipo quiere y no puede. No sabe en qué creer, no tiene un estilo definido.
Y, por más vueltas que le doy, llego a la conclusión de que el equipo refleja las indecisiones de Martí. Como entrenador novel tiene miedo a equivocarse, tiene miedo a perder, tiene miedo a tirar una moneda ganadora al aire y que salga perdedora. Y, poco a poco, se lo va transmitiendo a los suyos. Y les roba la poca confianza que tienen. ¿Qué fe va a tener Marc Crosas si no apuesta por él ni cuando un compañero está al 50% como estaba Vitolo el otro día? ¿Qué fe va a tener Carlos Ruiz si, en las mismas circunstancias que Vitolo, se queda en el banquillo cuando todos sabemos que es el líder de la defensa? ¿Qué fe va a tener Aitor Sanz si siempre es el sustituido, incluso cuando está mejor físicamente que su par?
Quiero ver de nuevo a ese Martí que aceptó sin pensar el reto de venir a Tenerife. A aquel Martí con personalidad que veíamos sobre el césped, decidido, inteligente. Al Martí que todos sabemos que lleva dentro. El Tenerife lo necesita. Si sólo tenemos sus miedos el camino sólo tiene un nombre: involución.