Cristo Donate | «Es un equipo que no necesita tener el balón para tener el partido donde quiere». Así hablaba Oltra del Cádiz en rueda de prensa previa el partido y el equipo de Cervera se encargó de refrendarlo durante los 90 minutos.
Durante la primera parte, los blanquiazules tenían el balón y una falsa sensación de control del partido, porque cada vez que el Cádiz conseguía salir generaba sensación de peligro. La consigna parecía clara: explotar el flanco izquierdo del conjunto blanquiazul. Allí se juntaba el trío Correa-Querol-Aketxe y desde ahí fluían todas las acciones ofensivas del conjunto gaditano en el primer tiempo.
El Cádiz cedía terreno y balón al Tenerife, que no conseguía que sus mediocentros le otorgasen fluidez a la ofensiva chicharrera. El encuentro estaba equilibrado, hasta que el error, o el infortunio, aparecieron para decantar la balanza nada más comenzar la segunda parte con el centro de Edu Ramos que acabó colándose en la portería de Dani Hernández.
A partir de ahí, el Cádiz fue creciendo en el encuentro a la par que aparecían los huecos en la defensa blanquiazul. Cervera cambió el rumbo y decidió atacar con cuatro extremos de formación durante la última media hora de partido. Salvi y Machís aparecían por fuera, y Jairo y Querol se movían por dentro. Así llegó el segundo tanto que terminó por hundir las pocas esperanzas isleñas, en una jugada donde el balance defensivo de los de Oltra quedó en evidencia.
Para rematar la faena, Naranjo recibió dos amarillas en los pocos minutos que estuvo sobre el terreno de juego y terminó expulsado. Un futbolista que resume a la perfección lo que está siendo la historia del Tenerife durante la temporada 2018/19: un continuo quiero y no puedo.