Por @rondoscutillas
El CD Tenerife ha reanudado el campeonato sin demasiada puntería y mostrando algunos defectos que han impedido cualquier atisbo de esperanza a la hora de pensar en mirar hacia arriba. La semana pasada escribía, en este mismo espacio, que me ilusionaba la posibilidad de un arranque que llevase a los blanquiazules a pensar en vivir lo que resta de la Liga con algo mejor que conseguir la permanencia en la mente. Pero, tras ver el balance de los dos primeros partidos ante Fuenlabrada y Málaga, parece que ese objetivo del mínimo exigible volverá a ser lo único que nos regalen esta temporada. Espero, al menos, que sea sin tanto sufrimiento como la pasada campaña.
Un punto de seis resulta un bagaje frustrante. Especialmente porque, también siendo honestos, el Tenerife fue mejor que el Fuenlabrada y el Málaga. Contra los madrileños tocó vivir otra vez la faceta de resucitador de equipos en problemas que persigue a los isleños desde hace varias campañas. Esa en la que se tornan el visitante perfecto para que un equipo que lleva mucho tiempo sin ganar vuelva a hacerlo. Bastó una concesión individual, en este caso de Nikola Sipcic en su único error de todo el partido, para que el contrario anotase un gol que acabó pesando toneladas y desnudando la incapacidad de generar peligro cuando el rival te da la pelota y se defiende con orden.
La historia por repetida resulta ya cansina. Pero nadie consigue remediarla todavía. Y eso que han pasado muchos técnicos por el banquillo del Heliodoro últimamente. Veremos si ante otro equipo que necesita la victoria de forma urgente, como el Racing de José Luis Oltra este domingo, hay reincidencia. O si, por el contrario, vemos a un Tenerife que, por una vez, sabe gestionar la mayor necesidad de su rival en beneficio propio.
La otra etiqueta incómoda que cuelga de este equipo es la de la falta de definición. El Tenerife disparó a puerta hasta en 23 ocasiones y dispuso de 11 saques de esquina el pasado lunes ante el Málaga. Pero fue incapaz de marcar. Incluso ante un rival que jugó en inferioridad numérica durante todo el segundo tiempo. Resulta complicado explicar las razones por las que el balón no entra cuando se insiste tanto. Pero lo cierto es que los blanquiazules siguen desangrándose en las áreas. En la propia porque regalan más que los demás. Y en la ajena porque, pese a ser capaces esta vez de generar disparos, llegadas y ocasiones, marcar un gol es un proceso más laborioso que un parto.
Estos dos primeros partidos me han recordado que hacer castillos en el aire con el Tenerife no es gratis. Al contrario. Desde que hay una situación favorable en tu mente para fabricarlos, el equipo se empeña luego, con su desempeño sobre el césped, en hipotecarlos con multitud de problemas. Tantos que resulta un ejercicio mucho más barato, y hasta saludable, dejar de hacerse ilusiones.