Por @beatrizpalmero
La primera palabra que asocié al deporte fue ilusión. Cuando lo descubrí esperaba con tantísima ilusión la siguiente ocasión en que pudiera estar en la grada, el siguiente día de entrenamiento, la próxima vez en que volvería a sentirme parte de un colectivo que experimentara lo mismo que yo ante lo que estaba viendo que no era capaz de entender el deporte sin ilusión. Me emocionaba cada vez que veía al Tenerife Número 1 de baloncesto, que el Tres de Mayo anotaba un gol, que el Heliodoro aplaudía a la vez, que sólo esperaba la próxima ocasión en que volviera a pasar.
Con el tiempo entendí que el deporte también era estrés, exigencia, frustración, monotonía, decepción… Pero el sentimiento primario siempre era el de ilusión, el de alcanzar la próxima meta. Tras el Tenerife de la UEFA costó encontrar de nuevo esa ilusión primitiva. Me la dio el Tenerife Marichal: un equipo pequeño, de chicas, que siempre, para nuestra desgracia, parecen en un segundo plano, familiar, dispuesto a comerse el mundo. Despertó tanta ilusión que era raro el lunes en el que alguien no preguntara cómo quedaron las chicas el finde, o que no sintiera como propios sus éxitos aunque apenas sí las hubieran visto un par de veces en acción. Y pese a todo las abandonaron, como un mal marido, en la pobreza de tiempos difíciles y en la enfermedad.
Nunca he vuelto a sentir aquella ilusión primitiva, inocente, cautivadora, salvo en las pequeñas historias del deporte, las desconocidas, que, en ocasiones, por trabajo, tienes la suerte de conocer. Hasta que escuché a David Martín por primera vez hablar del Haris, de recoger el legado de Quico Cabrera, de no dejar morir aquella ilusión por el voleibol, su pasión. Una ilusión que va implícita en el acrónimo que le da nombre (Humildad, Actitud, Respeto, Ilusión, Sueños). Tres años después, ha convertido uno de esos sueños en realidad, y cuenta al fin con un equipo senior que competirá en categoría nacional.
No sé sí llegara tan lejos como sueña, pero sí sé que cuenta con un ingrediente fundamental para disfrutar del deporte y hacerlo grande: esa ilusión por transmitir los valores implícitos en una actividad noble y capaz de levantar pasiones, una ilusión respaldada por su directivas, sus colaboradores y sus patrocinadores. Sólo por eso se merece toda las suerte del mundo, por recordarnos que el deporte, sea cual sea, debe sacar lo mejor que llevamos dentro. Porque sí no, no es deporte, es otra cosa.