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Hormigas

Redacción Deporpress| El Tenerife nos tiene acostumbrados a varias cosas esta temporada. La primera es que tiene que competir al límite si quiere sacar un resultado positivo. Contra el rival que sea. La segunda es que si mantiene su portería imbatida tiene muchas posibilidades de lograr la victoria. Y la tercera es que si marca Fran Sol, los blanquiazules no pierden. Las tres volvieron a cumplirse este domingo en Vallecas, uno de esos escenarios malditos en los que los isleños no ganaban desde 1997.

Esta Liga no entiende de equipos dominantes. Quiso hacerlo el Rayo con el Tenerife y el tiro le salió por la culata a los franjirrojos. Sobre todo porque el plan de Ramis, válido siempre que los suyos no tengan que estar por debajo en el marcador, fue anulando todas las virtudes de uno de los equipos de moda en la categoría. Minimizó a sus jugadores diferenciales y no regaló. Los isleños fueron creciendo en el partido a medida que el equipo que dirige Iraola era incapaz de desembarazarse de sus nudos. Si aflojaba uno, le tocaba desatar otro. O incluso dos. Y hasta tres.

El Tenerife, cuando es solidario y trabaja como un bloque homogéneo, es un equipo capaz de desesperar a cualquiera. Sobre todo porque, desde la llegada de Ramis, sabe a lo que juega. El tarraconense ha sabido acoplar su pizarra a lo que tiene en el vestuario y no al revés. Por eso le saca rendimiento a sus futbolistas. Sabe dónde están los límites de cada uno y no le pide peras al olmo.

Conocía el entrenador de los blanquiazules que no le interesaba un partido de ida y vuelta. Y sus jugadores permanecieron juntos, unidos por el equilibrio que aportan Aitor Sanz y Folch, y con el resto de sus compañeros derrochando garra y sudor. Luego el partido se desniveló porque, por fin, el Tenerife tiene un jugador diferencial en el puesto de delantero centro. Tuvo una y acabó dentro. Sol fundió al Rayo con un remate de ‘nueve’ puro a la salida de un córner. Apareciendo para definir a la primera con su pierna buena. Con el interior. Lejos del alcance de cualquier portero.

La pregunta del millón es hasta dónde será capaz de llegar este equipo con todo lo que le cuesta ganar un partido. Especialmente por la cantidad de cosas que deben cumplirse para alcanzarla. La respuesta es sencilla. Donde quiera cada vez que mantenga su portería a cero. Cada vez que el equipo juegue junto y no se desordene. Cada vez que se comporte como un equipo en el que prime por encima de las individualidades. Sin descanso. Al límite. Ganando duelos individuales y sin regalarle nada a nadie. La receta para el éxito es tan sencilla de explicar como complicada de ejecutar. Basta con ser solidarios y ordenados. Que cada uno haga su trabajo dando el máximo para alcanzar la excelencia. Con paciencia y sin desmayo. Sin que nadie rompa la cadena. Como las hormigas.