Por @josefelipem
El fútbol femenino vive en auge en los últimos tiempos. Que FIFA y UEFA se hayan decidido a impulsar el deporte practicado por mujeres ha resultado decisivo para que llegue al gran público pero, en lo que a fútbol respecta, no es algo novedoso. El primer encuentro femenino oficial se jugó el 23 de marzo de 1895 y, obviamente, fue muy distinto a cualquiera que podríamos seguir hoy.
“Unos diez mil curiosos intrigados por el desempeño de la mujer en un juego que era considerado un pasatiempo masculino se dieron cita en Londres”, fue una de las frases recogidas en The Guardian sobre este encuentro. Dicha crónica fue realizada por una mujer, que no dudó en reconocerse “sorprendida”, al ver la capacidad de aquellas jugadoras que practicaban su deporte favorito en largas faldas.
Lo cierto es que la entrada, 10.000 espectadores, en el Crouch End Athletic Ground londinense fue muy importante porque ese grupo de mujeres no solo desafiaron a las opiniones intolerantes e irrespetuosas que tenían que escuchar día tras día, sino también a las prohibiciones que impedían que se llevara a cabo un partido de fútbol femenino.
La responsable de todo aquello tiene nombre y apellido: Nettie Honeyball. Alma máter del British Ladies Football Club, Honeyball había fundado el club en 1894 poniendo un anunció en varios periódicos de Londres. Buscaba mujeres a las que no les importaba que las señalaran por, simplemente, jugar a fútbol. Solo un año antes, en Nueva Zelanda, la mujer había logrado tener derecho al voto, por lo que se vivía un momento de efervescencia que sirvió para que muchas féminas respondieran a aquel anuncio.
30 mujeres quisieron formar parte del British Ladies FC, que tendría como primer presidenta a Florence Dixie, otra pionera, corresponsal de guerra, escritoria y feminista que lo único que pidió a sus jugadoras eran que pusieran “el corazón”, en cada encuentro y pudieran “sentir”, el fútbol. Pero Honeyball y Dixie tenían un problema: necesitaban un entrenador. No fue sencillo encontrar a John William Julian, un exjugador del Tottenham que no puso reparo alguno en dirigir a un grupo de mujeres, algo sumamente extraño en la época. Julian impuso disciplina, las hizo entrenar dos veces por semana y dio el visto bueno para que aquel 23 de marzo de 1895 se enfrentaran dos selecciones, una del norte y otra del sur de Londres, en un encuentro que acabó con el resultado de 7-1 a favor de las segundas.
Las crónicas de la época fueron despiadadas e injustas pero aquel grupo de mujeres, posiblemente sin saberlo, habían dado el primer paso, el más importante, revolucionando al mundo del fútbol y a aquella sociedad que se negaba a respetarlas.