Hace no mucho tiempo un amigo periodista me advertía que tuviera cuidado con lo que escribía porque cualquier reflexión que hiciera sobre el CD Tenerife podría ser utilizada en mi contra. Pero me niego a vivir este momento como si de una guerra se tratase.
Conmigo no cuenten ni en el bando de los irreflexivos optimistas que ponen paños calientes a cualquier traspié ni en el de los «enemigos» que alimentan la idea de que existen conspiraciones en contra de Concepción, Agné, los jugadores, los trabajadores del club y hasta el pobre Elio Doro que, por cierto, no estoy segura si forma parte de la historia del club o sigue considerándosele la mascota del Tenerife.
Retomo el hilo. De esta semana he grabado dos momentos en mi memoria. El primero fue al salir del estadio al final del partido del domingo. La derrota me dejó una fea sensación de abatimiento. Iba escuchando la radio, como siempre, así que tardé en darme cuenta de lo silenciosa que caminaba la multitud de aficionados que avanzaba por el parking situado frente a la puerta de acceso del Pabellón Municipal de Deportes.
Caminábamos cabizbajos, sintiendo un pesar que nos atrapó inesperadamente. Confiábamos en una victoria del Tenerife. De pronto una señora ataviada con su bufanda estalló. «Y ahora ponemos la radio y nos dirán que no pasa nada, que esto es un accidente, que sigamos apoyando ¡Los periodistas nos engañan!», dijo a voz en grito. Sus palabras me llegaron al alma. Como aficionada, la entiendo y como periodista hasta agradecí la crítica.
La otra imagen que he retenido en mi mente esta semana la protagoniza Raúl Cámara a quien entrevisté para el periódico Marca. «El fútbol es así de caprichoso» llegó a decirme con una tranquilidad solo entendida cuando se tiene en cuenta su gran experiencia. Esas sensaciones que transmitía con su discurso están, sin embargo, en el extremo contrario de las que expresaba esa fiel aficionada que tan enfadada estaba el domingo.
Me acordé de ella mientras transcribía la charla y también de mi amigo el periodista que tan cariñosamente intentaba protegerme con su consejo. De inmediato apareció el gran dilema al que nos enfrentamos prácticamente a diario en ésta mi adorada profesión: «Dañar, molestar o quedar bien (llámenlo como quieran) o intentar hacer bien mi trabajo. Esa es la cuestión».
Por lo pronto, esta servidora sigue eligiendo la segunda opción. Tanto las palabras de un jugador como los pitos de la afición al final del partido contra el Nastic o sus críticas son noticia (siempre que se hagan desde el respeto). Y si alguien quiere jugar a apuntarme a la guerra que lo haga, está en su derecho, pero que tenga claro que conmigo no cuenta para ir a esa batalla que tanto se aleja de la realidad que fabrican los verdaderos protagonistas de esta historia (aficionados, jugadores, directivos, …).
*Beatriz García escribe para Marca