Por @beatrizpalmero
No voy a esconder que mi idea inicial era hablar sobre Cervera, porque no sé si el tiempo, en este caso, devolverá las aguas a su cauce y reconocerá sus méritos, que tiene y muchos, por encima de los errores que también ha cometido, y que se han magnificado hasta la saciedad. Pero lo cierto es que, pasado el impulso primero, hay algo que me preocupa mucho más que el linchamiento del técnico al que, a fin de cuentas, no le han acompañado los resultados que son los que mandan en este país, y que, además, para bien o para mal, ya es pasado.
Y a mí me preocupa mucho el presente. Más aún, me da pánico el futuro. Porque lejos de pensar que muerto el perro se acabó la rabia, tengo la horrible sensación de que este clima bélico no sólo no se va a suavizar, sino que se va a mantener o va a ir in crescendo. Cervera se había situado como el máximo culpable de todos los males del equipo, el centro de las críticas, las iras y el blanco de las balas. Ya no está. El equipo está en situación complicada, coqueteando en exceso con el descenso y con un calendario, el de este mes, que asusta: Girona y Valladolid en casa, Mirandés y Las Palmas fuera.
Por eso, Raúl Agné tiene una difícil papeleta. Va a contar con el apoyo de una plantilla, bajo mi punto de vista, honrada. Pero tendrá que limpiarle la mente de toda la toxicidad respirada durante estos meses porque en Albacete ya les pesaban las piernas a muchos. Tendrá, además, que dar con la tecla para que el equipo rentabilice mejor sus recursos, porque la falta de gol es el principal problema y eso no lo trae el entrenador, sólo la intención de buscar un camino donde se encuentre más la portería rival y menos la propia. Y tendrá, además, que ganarse al sector de la afición más decepcionado y beligerante.
Pero el peligro mayor al que se va a enfrentar es el de encontrarse en medio de una guerra que no tiene nada que ver con lo que pasa cada domingo en el césped. Si los resultados no llegan pronto, el próximo blanco será Serrano, en el mejor de los casos, o Concepción en el peor. Y una afición demostrando su descontento hacia la gestión, en momentos en los que el club se está jugando la categoría, es el peor escenario posible para luchar por la permanencia.
Desde mi punto de vista, la salvación pasa por hacer un ejercicio de responsabilidad por parte de todos aquellos que quieren al club que, como bien decía Cervera, está por encima de las personas que pasan, todas. La afición es la que se queda siempre, arriba o abajo. Es por eso que hay que tomar conciencia de lo que está en juego, dejar de hablar de acercarse a los puestos de arriba y olvidar la distinción cerverista o anticerverista y unificarla en la de tinerfeñista. Lo que está en juego es la categoría, y para salvarla hay que estar todos a una mientras duren los 90 minutos. Así el equipo esté perdiendo o no encuentre su sitio. Sólo en la unidad se podrá pensar en futuros proyectos. Y cuando el objetivo esté cumplido, llegará el momento de pedir explicaciones, responsabilidades y dimisiones si hiciera falta. Pero nunca antes, porque la guerra civil en medio de un partido sólo perjudica a una parte: a nuestros jugadores y, en última instancia, a la afición misma, que es la que se queda.
Como bien decía Leon Tolstoi, autor de la maravillosa Guerra y Paz, una obra muy recomendable pese a su volumen, “el matrimonio es una barca que lleva a dos personas por un mar tormentoso: si uno de los dos hace algún movimiento brusco, la barca se hunde”. Y si hay un momento para que equipo y afición sean un matrimonio bien avenido, ninguno mejor que éste. Que de lo que ocurra fuera del césped ya habrá tiempo de ocuparse. Ese es mi deseo, que haya paz para que, al final, no haya naufragio ni lágrimas.