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Guerra y paz (26-1-15)

Por @rondoscutillas

Tolstoi escribió hace ya más de un siglo que “no todo lo bueno, acaba siendo bueno”. Desde este artículo semanal he sostenido siempre que Cervera era el mejor entrenador posible para este equipo y también he defendido que el problema del Tenerife de esta temporada no era de su entrenador o, al menos, de forma exclusiva. He opinado que han pasado muchas cosas de difícil explicación hasta para un deporte que no la tiene como es el fútbol. Pero, cuando el resultado de todos esos ingredientes es tan pernicioso y esa negatividad cargada de silbidos de hastío, francotiradores interesados y trincheras de supervivencia se traslada al terreno de juego, el problema se multiplica.

El conflicto nació por una discusión sobre la propuesta y el estilo futbolístico y va a morir por lo que alguien llamó en su momento ‘la dictadura de los resultados’. El Tenerife juega, ni más ni menos, que a lo que ha jugado desde la llegada del técnico actual a su banquillo. Es un equipo hecho para no encajar y construido para ganar desde la solidez defensiva pero al que, este curso, se le ha agotado la dinamita y también los argumentos para detonar su fútbol ofensivo con un resultado óptimo. De esta forma, con la grada pidiendo sangre y con el entorno crispado una semana sí y otra también, creo que ha llegado el momento de detener la guerra civil que estalló desde la pretemporada y firmar la paz por el bien de todos. Sin vencedores, ni vencidos.

Por eso, en las próximas horas debería producirse un ejercicio de normalidad y generosidad entre el presidente y el entrenador. Sobre todo porque, con la dinámica actual, ya sea por el fútbol, por el ambiente o por lo que sea, va a ser difícil llegar a 50 puntos. Y terminar otra vez en el sumidero de la Segunda B sería un error tan absurdo como peligroso para la supervivencia de la entidad.

Lo normal sería que Cervera y Concepción estuviesen de acuerdo en eso. El presidente debería  ser generoso con el segundo entrenador que más partidos ha dirigido al Tenerife en toda su historia y está obligado a ofrecerle una buena salida, tanto de cara a la opinión pública como también en el aspecto económico. Y lo normal es que Cervera correspondiese ese gesto siendo  generoso con el club de su isla. No entendería que, con el panorama actual, el entrenador antepusiera su ego al bien del club recurriendo al típico “yo saco esto”, ni tampoco comprendería que se enrocase en el cargo y recurriese al habitual “échame y págame todo”, que también suele darse en este tipo de situaciones.

El Tenerife se desangra. Y duele. Y la solución, cuando las cosas están como están ahora, no la tiene la grada, ni la prensa, ni el Frente Blanquiazul, ni la cabina de la Televisión Canaria. Debe tenerla el que manda en el club y el que gobierna sobre el césped. Por esa razón, insisto, Cervera debe buscar lo mejor para la entidad y el Tenerife también debe tener altura de miras a la hora de dejarlo salir. Si queremos paz, no montemos una nueva guerra con lo que ya parece la inevitable salida, ya sea esta semana o la que sea, de Álvaro Cervera.