Por @josefelipem
La selección nigeriana que acudió al Mundial de Estados Unidos de 1994 dio para mucho. Más allá de su indiscutible calidad, las Águilas Verdes eran un conjunto sumamente pintoresco y, si bien la pasada semana hablamos de Emmanuel Amunike (acordémonos que realmente era Amuneke) hoy toca hablar de otro mito de ese equipo que jugó en España: Rashidi Yekini.
Fue en el Mundial del 94 cuando Yekini hizo historia. En el duelo frente a Bulgaria, que acabaría siendo una de las sensaciones del torneo, el delantero consiguió el primer gol de Nigeria en una cita mundialista. Su gesto, celebrando el tanto dentro de la portería, con los brazos enrollados en las redes, es una de las fotografías de aquel Mundial.
Pero Rashidi no lo había tenido fácil. Antes de convertirse en el máximo goleador nigeriano de la historia, tuvo que salir de su país para jugar en Costa de Marfil antes de llegar al Vitoria de Setubal luso. Conseguiría ser máximo realizador durante tres campañas consecutivas, dos en segunda y una en primera división de aquel país, justo antes de ir al citado Mundial. 90 goles en 108 encuentros en Setúbal tuvieron la culpa de que el africano decidiera no renovar en Portugal y acudir al Mundial sin equipo, en busca de algún buen contrato. Su buena actuación en Estados Unidos le permitió poder firmar por el Olympiakos. No dejó de ser sorprendente que, con sus números, Yekini no encontrara un equipo de más entidad, pero por aquel entonces los magnates, forofos, que controlaban el fútbol heleno pagaban mucho y bien.
Jamás se adaptó a la competición griega y de ese modo firmó por el Sporting de Gijón en la campaña 94/95. Durante el reconocimiento médico al que fue sometido se le detectó una rotura de ligamento cruzado. El jugador entrenó en Grecia durante varias semanas, dicen que debido a los poderosos cuadriceps que poseía, hasta que se vio obligado a parar, pero no fue hasta que llego a España cuando se le detectó esa grave lesión. Tras recuperarse gracias a que el Sporting puso todos los medios médicos a su alcance, el nigeriano solo jugaría 14 encuentros en la 95/96, anotando únicamente tres goles.
Los que compartieron vestuario con él hablan de una persona sencilla, con gran sentido del humor incluso cuando bromeaban con una de las mayores incógnitas que lo rodearon: su verdadera edad. Fue en 1996 cuando se especuló con que Yekini, en vez de los 33 años que decía tener, podía ser tres o cuatro años más viejo, algo que siempre negó con una sonrisa, pero que jamás quedó del todo claro.
Ajeno muchas veces a lo que ocurría en el vestuario, decían de él que nunca hizo amigos en el fútbol, algo que achacaban primero a su fuerte fe musulmana, lo que le alejaba de la vida superficial que muchas veces rodea al fútbol. Pero la realidad era más triste. Nuestro protagonista sufría desde hacía años una extraña enfermedad mental, la misma que acabaría con su vida en 2012, en su Nigeria natal donde, en sus últimos días, decían verlo deambulando por las calles, sin recordar que era un jugador que nunca se arrugó en los momentos complicados, como cuando siempre pedía ser el último en lanzar en las tandas de penaltis seguro de ser capaz de decidir los encuentros.