Por @rondoscutillas
Esta semana nos dejó Benito Joanet, el entrenador que marcó una época en el CD Tenerife por haber logrado construir un equipo que forma parte, por derecho propio, de la mitología blanquiazul. La plantilla que dirigió el técnico catalán en aquella inolvidable temporada 1988/89 no era, ni por asomo, la mejor de Segunda División. Pero él supo hacerla evolucionar, adaptarse a la histórica oportunidad que se le había presentado y competir como ninguna ante equipos con más trayectoria y que incluso tenían más jugadores internacionales que los isleños.
Recuerdo aquel curso porque la memoria de mis 14 años grabó a fuego en el disco duro de mi cerebro un sinfín de recuerdos y partidos en el Heliodoro. En aquellos años no existía la posibilidad de que televisasen los partidos de Segunda que se jugasen fuera de casa, excepto el denominado ‘derbi de la gota fría’ en el Insular y el encuentro del ascenso en el Benito Villamarín, así que ir al estadio era todo un acontecimiento social al que acudías con tus amigos del instituto.
Y, cuando tocaba jugar de visitante, era la magia de la radio la que te informaba de lo que acontecía en la Nova Creu Alta, el Municipal D’Esports de Mollerussa, Las Llanas, Castalia, El Plantío y otros escenarios que han sido ya engullidos por la pujanza de otros equipos del fútbol moderno.
Fue una temporada de menos a más. De hecho, se inició con derrota en casa ante el Salamanca (1-2) y nadie sospechaba entonces que aquel grupo iba a ser capaz incluso de asomarse a los puestos de privilegio en la jornada 13, a finales de noviembre de 1988, tras ganar al Lleida por 0-2. El equipo de Joanet se colocó entonces tercero y encendió el sueño de toda una isla. Una semana más tarde, derrotó al Castellón por 2-0 en el Heliodoro y se puso líder.
Entonces se inició una maravillosa sensación. Una creencia generalizada de que igual esa temporada podía deparar cosas importantes. El club se reforzó en el mercado invernal con el marroquí El Gharef y la comunión entre el césped y la grada crecía jornada tras jornada, con más y más público en el Heliodoro. El tinerfeñismo se unió y cada fin de semana creía con más fe que volver a Primera División ya no era una utopía.
El camino hacia la élite no fue sencillo e incluso la UD Las Palmas se encargó de extinguir la posibilidad del ascenso directo en la jornada 37, cuando borró a sus jugadores tinerfeños de la alineación y perdió 0-6 ante el Rayo Vallecano para dejar a los franjirrojos la posibilidad de depender de sí mismos en la última jornada. El Castellón ya era campeón matemático y los madrileños ganaron 2-1 al Deportivo, haciendo estéril la remontada del Tenerife ante el Figueres en el Heliodoro (4-2 tras ir 0-2 al descanso) en uno de los partidos más espectaculares que recuerdo.
Joanet fue el encargado de gestionar las emociones de aquel grupo inolvidable. Sintió la presión del entorno blanquiazul, que difícilmente hubiese digerido que aquella gran oportunidad se hubiese escapado. Y supo crear un grupo sólido y sin fisuras dentro y fuera del terreno de juego. El secreto de su éxito fue formar una familia y ganarse el favor de la afición, comprometida como nunca con la causa después de haber soportado muchas penurias deportivas hasta aquella mágica temporada.
Esta semana el confinamiento domiciliario me ha ayudado a viajar casi hasta mi niñez para recordar aquellas inolvidables tardes junto a la Peña El Arbolito, en la vieja grada de madera de Herradura junto a Toño ‘el caballito’ y su familia. Estos días me ha hecho muy feliz recordar a Joanet con sus brazos en alto, alentando la ola mexicana que viajaba por el Heliodoro impulsada por miles y miles de almas ilusionadas. Él, junto a Javier Pérez y Rommel Fernández, fueron los principales artífices del gran cambio que selló el pasaporte de nuestro Tenerife a la gloria.