Por @beatrizpalmero
Aún recuerdo la primera vez que me marché sola, y no de viaje, lejos de la isla. Porque una semana fuera, de turismo, se pasa volando. Pero cuando vas por otros motivos y tienes que integrarte en la vida de otro lugar, todo cambia.
Mi primera vez fue a Irlanda. Al menos me acompañó mi hermana, pero ni siquiera nos quedábamos juntas. Durante seis semanas nos alojaríamos con una familia dublinesa e iríamos a clase de inglés por las mañanas. Ni siquiera estábamos en la misma clase, así que tuve que empeñarme, tímida como era, en hacer migas con auténticos desconocidos. Y las primeras semanas se me hicieron eternas. No entendía aquella costumbre de pasarse el almuerzo con un mini sándwich y atracarse a las seis de la tarde con un bistec, unas papas y un montón de brócoli, todo sin sal por supuesto. Eso sin olvidar que me costaba entender lo que me decían en aquella familia y que para ser julio hacía un fresquito importante en Dublín. No era el mejor plan para pasar el verano, la verdad.
Tres semanas después pensaba que aquel era el mejor verano de mi vida. Entendí pronto que en el desayuno había que probar todos los manjares que estaban sobre la mesa, como cuando te vas de fin de semana a un hotel y sales empachada del desayuno. Luego tentempié al almuerzo y preparados para cenar como si no hubiera un mañana a las seis de la tarde. Siempre con brócoli eso, sí. El oído se me había hecho a ese inglés tan siseante que hablan los irlandeses y chapurreba lo suficiente para hacerme entender y para comprender que en aquella casa los españoles eran considerados ruidosos, maleducados y fiesteros y que no les importaba que tuvieran uno en casa para expresar su opinión.
Luego me fui a estudiar a Salamanca, y bueno, aquello era España y ya era mayor de edad, sería más fácil. Pero llegar a diciembre fue un suplicio. Me costó de nuevo vencer mi timidez para hacer amigos, me costó acostumbrarme a aquel frío que congelaba la espuma de mi pelo, me costó quedar para tomar café en un bar en el que tenía que desembarazarme de todas las capas de abrigo que tenía encima y me costó aprender a cocinar algunas cosillas para no morirme de hambre. Nunca pensé que los españoles podríamos tener costumbres tan distintas y que podría echar tanto en falta llegar a casa y arrebujarme en el sofá con mis padres.
Tras dos años fuera de casa pensé que una beca Erasmus en Italia no supondría mucho cambio. Italia no era Irlanda y, además, sería más fácil hacerse el oído al idioma. Maldije mil veces esa creencia mientras buscaba un piso en Roma porque era incapaz de entender de qué me hablaban. Las distancias en aquella ciudad eran una continua pérdida de tiempo y de paciencia y más de una vez lamenté haber logrado la dichosa beca cuando la guagua o el tranvía me escupían literalmente porque había tanta gente que te empujaba hacia la salida aunque no fuera tu parada. Descubrí que la pasta al dente y la pizza tenían poco que ver con lo que comíamos en España, y la Universidad tampoco. Allí no se toman apuntes, se leen tres o cuatro manuales y se discute en clase sobre ellos. Curiosamente, me encontré extrañando Salamanca. En julio, lloraba porque tenía que volver.
Y pienso y digo, Irlanda, Salamanca e Italia, culturas cercanas, con iguales creencias, parecidos sistemas políticos y de pensamiento y aún así necesité semanas de adaptación. Y no dejo de ponerme en la piel de Shibasaki, que no solo viaja a un país lejanísimo, sino que no sabe hablar ni media palabra de español, inglés o algo entendible para un occidental. No sólo se encuentra en un lugar donde la comida se parece tanto a la suya como un cocodrilo a una jirafa, sino que, además, las costumbres, el pensamiento, la forma de vida difieren tanto a los suyos como el agua del fuego. Tiene que ser muy fuerte mentalmente y tener mucha fe en sí mismo para triunfar en seis meses. Y tiene que tener mucha suerte con el entorno. Esperemos que sepan empujarlo y, sobre todo, que se deje.