Por @juanjo_ramos
Reivindico el derecho de Víctor Moreno a ser juzgado después del verano, con la próxima Liga en marcha, y su obra terminada. Su derecho a disponer de un plazo prudencial de tiempo antes de que a alguien se le ocurra defender que no es válido para el puesto. Tengamos, en definitiva, la paciencia que no se tuvo con algunos de sus antecesores en el cargo.
Pero también reivindico el derecho que tenemos los de fuera a defender que Moreno no ha entrado con buen pie en la Isla. Porque su acceso al cargo podría definirse con esa expresión del elefante en la cacharrería y su gestión de dos situaciones, el trato con la plantilla y el respaldo al entrenador, está resultando muy mejorable.
La defensa de sus algorítmicas ideas ya le ha causado más de un disgusto. Hay que convencer, no imponer ni presionar. No debería desgastarse en si se pone música o no en el vestuario después de un empate o en concentrar unas horas al equipo en los partidos de casa, por ejemplo. Intervenir en esas cuestiones tan nimias y no hacerlo públicamente para respaldar a su entrenador en la semana pre-Osasuna es un contraste difícilmente defendible.
Le asustó (y es lógico) la repercusión ambiental, en la calle y en los medios, de la posible destitución de Oltra. Él, que no le había defendido precisamente en privado ante el que manda, pisó el freno porque tenía previsto el relevo para junio y no para marzo. Le faltó medir sus pasos.
Tampoco estuvo fino en la rueda de prensa del otro día. Renovar a Suso es justísimo, pero no deja de ser una diferencia con otros que acaban contrato en junio. Hablar de que venías de un proyecto de Champions cuando el Alavés estaba ahí circunstancialmente y su incidencia en la primera plantilla vitoriana era mínima (casi nula) suena a soberbia. Y vaticinar que los goles mejorarán de aquí a final de temporada y que entonces los análisis de ahora estarán mal es un argumento pueril.
A Moreno le ha sobrado otra cosa que no es culpa suya: la cohorte de aduladores dispuesta a aplaudir cada paso que daba a las primeras de cambio con tal de dejar en evidencia a Alfonso Serrano. Aquellos elogios regalados desembocaron en una falsa euforia que, con la decepción posterior de los resultados, le hizo daño al equipo y al propio arquitecto del proyecto deportivo. Por eso, haría bien en cuidarse de aquellos que le dejarán tirado cuando los resultados no acompañen y su gestión sirva para censurar a Miguel Concepción.
El director deportivo puede tomarse este artículo, cuando los aduladores se lo hagan llegar, como un ataque. Pero también puede elegir entender que Tenerife es un sitio difícil, que cada paso que da es observado con lupa y que los que tratamos de ser justos le elogiaremos cuando las cosas salgan bien de verdad. Y ojalá tengamos que hacerlo pronto.