Por @beatrizpalmero
Llegó Raúl Agné abanderando la apuesta del fútbol ofensivo, aunque en realidad, siendo justos, debemos decir que la bandera no la trajo él, se la pusieron en las manos, porque había cierto sector en la Isla que estaba rotundamente en contra, o eso decía, del fútbol defensivo que el Tenerife había practicado hasta entonces. Y, claro, cuando pensamos en ese juego combinativo que mire la portería rival, todos pensamos en el Barcelona, como ya había dicho socarronamente su antecesor en el cargo, el denostado Álvaro Cervera. Denostado por los presuntos amantes de ese fútbol ofensivo, claro. Pero, jugar como el Barcelona es muy difícil si no tienes los mimbres adecuados para ello, y hacerlo sin ellos es muy valiente. Y si no que le pregunten al Rayo Vallecano, que sí, que olé por ellos, pero no se salvan de varios partidos en los que le caen más de cuatro.
Yo soy de la opinión de que se puede atacar sin suicidarse y se puede defender sin fiar tu fortuna ofensiva a una o dos oportunidades por partido. Pienso que no se puede atacar alegremente sin defender bien, al tiempo que no hay mejor defensa que un buen ataque. Como defiende Javier Lavandeira, que lleva 14 años dedicándose a desarrollar el fútbol de cantera y que, además, tiene un interesante blog (www.futbolofensivo.com), “defensa y ataque en fútbol son indivisibles”. Y si algo hacía bien el Tenerife de toda la campaña anterior, construido sobre una base supuestamente defensiva, era defender en grupo, cerrar líneas y espacios para robar cerca de la portería rival y propiciar el ataque, un ataque en el que los jugadores tenían pocos metros que recorrer y con el que creaba muchas posibilidades, lástima la falta endémica de gol de aquel equipo.
Este año se ha apostado por dos jugadores de banda más verticales porque, como el mismo Agné ha reconocido, le gusta que su equipo sea “dinámico, vertical y muy agresivo”, y se ha prescindido de jugadores que tienen más capacidad para meterse por dentro y enlazar el mediocampo con los hombres de arriba, además de recurrir a dos puntas natos. El resultado, de momento, es un equipo que defiende muy lejos de la portería (metros que aumentan de manera proporcional a la inseguridad que va haciendo mella en los jugadores), un doble pivote con demasiado terreno que tapar y dos puntas muy desasistidos en la zona de ataque. Conclusión: no sólo no atacamos en superioridad, sino que defendemos mal. El resultado, demasiado juego directo y poco vistoso para el espectador.
Y esto me devuelve al punto de partida. Podemos tremolar la bandera del jogo bonito, pero sin la solidaridad defensiva y la intensidad de otros años, este equipo tendrá muchos problemas para atacar bien, por una sencilla razón: no defiende como debe, así que es más fácil que el equipo acabe haciéndose experto en apagar fuegos en el área propia, algo que, tal y como hemos visto, no se nos suele dar muy bien porque los errores individuales se convierten en auténticas catástrofes. Esa película ya la hemos vivido, así que aprendamos de los errores y dejemos de enarbolar estandartes que no nos conducen a nada. No hay fútbol ofensivo sin una buena defensa.