Por @rondoscutillas
El Tenerife vive su peor momento del último trienio. Cayó derrotado, cómo no, fuera de casa ante el Osasuna (2-0) y, lo que es peor, confirma que se ha sumergido en una dinámica negativa en la que le ocurren todas las desgracias futbolísticas que se dan en este tipo de situaciones adversas. El resultado es que los blanquiazules son, en pleno noviembre, esa esquina que cualquier perro orina con facilidad. Y el siguiente can, siguiendo su instinto, imita al anterior sin que nadie haga nada por detener esa humillante sensación de que cualquier rival hace lo que quiere con el equipo que dirige José Luis Oltra.
La frustración se ha adueñado de todo. Avanza jornada tras jornada hermanada con el desencanto y amigada con la fatalidad. La misma que te hace encajar un gol en el Heliodoro, o incluso dos, antes del minuto 4 de un partido. O la que aparece en El Sadar para negarte el 0-1 en las botas de Naranjo y regalarle el 1-0 a Juan Villar en la jugada siguiente, tras un disparo que rebota en Aveldaño y acaba en gol, con cierta fortuna, tras impactar en el poste. El mismo palo que, curiosamente, fue luego esquivo con Malbasic en una de las pocas ocasiones generadas por el Tenerife.
Confieso que, esta vez, estoy ciertamente preocupado. Especialmente porque no detecto amor propio en este grupo. Ni siquiera queda rastro de ese orgullo competitivo que, cuando un grupo está huérfano de fútbol, suele ser un consuelo menor para una afición por la que nadie ya se deja el alma. Ni dentro, ni fuera del terreno de juego. No hablo de testiculina. Ni de furor por unos colores. Es, simplemente, lo mínimo que se le pide a cualquiera que practique un deporte de grupo. Hacer bien tu parte individual y tratar de ser el mejor en tu tarea para beneficiar al conjunto. O sea, intentar ganar cada duelo individual con el rival. Disputar cada balón dividido como si fuese el último del partido. Y procurar que, si se propicia una segunda jugada, cualquier compañero no quede en situación de desventaja.
Nada de eso ocurre en este Tenerife. Cualquier equipo que ponga un mínimo de ímpetu es capaz de superar a los blanquiazules sin apenas despeinarse. Hay jugadores que pierden los duelos individuales como si fuesen alevines jugando contra cadetes. Pero, por desgracia, aún hay más cosas negativas. Tremendamente vulnerables por los costados y faltos de contundencia hasta la desesperación en defensa, los blanquiazules siguen acumulando partidos y más partidos sin ganar lejos de la isla con una naturalidad que ya raya lo sonrojante.
Con este panorama, el damnificado de la semana ha sido Alfonso Serrano. El director deportivo acordó con la entidad adelantar el final de su contrato, que expiraba en febrero, y abandona el barco un trimestre antes de la fecha que, inicialmente, había pactado con Miguel Concepción. Su etapa se cierra con la intención de dejar paso a alguien que deberá planificar el futuro deportivo de un Tenerife que, por ahora, carece de recursos para reforzarse en el mercado invernal. Precisamente porque hipotecó su tope salarial con las llegadas de Naranjo y Nano, dos delanteros en los que Serrano invirtió gran parte delo que había para gastar este verano y que, aunque las notas finales se pongan en junio, han ofrecido por ahora un rendimiento por debajo de las expectativas creadas con sus incorporaciones.
En cualquier caso, lo verdaderamente importante es la visita al Heliodoro del Rayo Majadahonda este domingo. El adiós de Serrano no tendrá ninguna trascendencia sobre lo que ocurra sobre el césped porque ni el ya ex director deportivo, ni tampoco Miguel Concepción, marcan goles o los evitan. Sin duda, la visita de los madrileños será el mejor test de cara a comprobar si este Tenerife le pone remedio al idilio que ha iniciado con la zona peligrosa o si, por el contrario, sigue dando síntomas de que, hoy por hoy, es un equipo fundido.