Por @rondoscutillas
Esta es una de esas veces en las que uno agradece que estas líneas vean la luz desde el sosiego que da la perspectiva de la mitad de la semana. Me conozco y habrían sido volcánicas si hubiesen salido un domingo o un lunes. Básicamente porque, como les ocurre a la mayoría de ustedes, duele ver cómo el Tenerife involuciona cada semana. Ya no hay rastro del equipo que escribía con una caligrafía exquisita sobre el cuaderno de la ilusión hace apenas siete meses. Ahora cada palabra se emborrona y las frases describen renglones cada vez más descendentes.
La mina de aquel lápiz de trazo majestuoso se quebró en Getafe y, desde entonces, ya nada ha vuelto a ser igual. El club invirtió lo necesario para afilarlo convenientemente durante el verano con la ineludible intención de volver a cumplimentar la instancia de candidato al ascenso. Pero, por desgracia, aquel aspirante ya ha olvidado cómo hacerlo. Y ahora, en ese folio, hay demasiadas preguntas sin respuesta como para confiar en que superará ese examen.
Lo peor, sin duda, es el desgaste que comporta esta nociva experiencia para los que sí creímos en este proyecto y asistimos desolados, cada semana, al engorde de alguna estadística negativa. A la reciente profanación del Heliodoro por el Barcelona B (1-3), sumen que los números dicen que el Tenerife solo ganó 3 de las últimas 15 citas disputadas. Y que, desde que se impuso al filial azulgrana en la primera vuelta, ha perdido o empatado contra los cuatro últimos de la clasificación. También reflejan otros aspectos sonrojantes, como su incapacidad para imponerse a cualquiera de la decena de equipos que lo superan en la clasificación.
La primera oportunidad para desprenderse de esa última etiqueta es este domingo, otra vez en el Heliodoro, y contra el Valladolid. Y, pese a que he confesado muchas veces que soy de los que suelo ver el vaso medio lleno, esta vez no las tengo todas conmigo. Sobre todo porque este equipo da ya claros síntomas de agotamiento. Porque sigue siendo demasiado frágil. Porque continúa encajando goles de verbena. Porque, con las excepciones contra el Granada y en Albacete, se derrumba a las primeras de cambio. Porque un penalti a favor castiga más al blanquiazul que se decida a lanzarlo que al equipo rival. Y porque, en suma, cuando una bombilla se funde, no va encender al día siguiente si no la sustituyes por otra.
El fútbol, como tantos aspectos de la vida, también es cuestión de dinámicas. Y el Tenerife anda metido en una de las peores posibles. Admito que el hecho de que José Luis Martí siga como inquilino del banquillo del Heliodoro ha sido una sorpresa. No cuestiono su método ni sus ideas. Ni siquiera las decisiones que toma o las alineaciones que hace. No soy entrenador y respeto su trabajo. Mi único reproche es que él, al que no le gusta perder ni a las chapas, no haya logrado, desde agosto, que este equipo compita con la mínima regularidad y la máxima responsabilidad exigibles a la calidad que tiene esta plantilla.
Siento nostalgia por ver un bloque ordenado. Donde todos defiendan. En el que nadie racanee una carrera y al que, de verdad, se le note herido en su orgullo cuando, como ahora, la derrota se convierte en norma en vez de ser una excepción. Esa es la mejor definición que encuentro para un grupo que, el pasado verano, aceptó el compromiso de dejarse el alma por esta afición, sus colores y su escudo. Pues bien, es la hora de los hechos. Basta de palabras. Urge una reacción. Inmediata y rotunda. Es la única vía para aferrarnos al último clavo que queda y tener la esperanza de que, definitivamente, este Tenerife haya tocado fondo.