Por @rondoscutillas
Llega el clásico canario. El duelo entre Las Palmas y Tenerife aterriza antes de Navidad sin que ninguno de los contendientes llegue en su mejor momento. Los amarillos, pese a que no han perdido aún en su estadio, acumulan la friolera de siete jornadas consecutivas sin ganar. Números rojos para un candidato al ascenso directo que ya ha gastado el comodín del relevo en el banquillo y que, imitando el movimiento de los blanquiazules con la llegada de Oltra, ha dado también el volante de su proyecto deportivo al último técnico que los llevó a Primera, Paco Herrera.
Por el Heliodoro las cosas no es que vayan mucho mejor. El Tenerife de Oltra mejora y cada vez se asemeja más a un proyecto de equipo pero, todavía, no le da para ganar con lo que hace. Le falta gol. No gana fuera de casa desde el 1 de abril. Y baja muchos enteros cuando ejerce como visitante. Especialmente porque es demasiado vulnerable en su área y porque, sin duda, debe haberlo mirado un tuerto y, desde entonces, vive abrazado a la fatalidad. Colecciona ‘casi’ victorias en partidos que se escapan por pequeños detalles y se ha familiarizado en intimar con esa ‘Ley de Murphy’ que suele castigarlo un partido sí y otro también.
Unas veces por errores propios, tales como despistes en la marca o pifias en los despejes que acentúan su falta de contundencia en defensa. Y, otras, porque se ha permitido el lujo de dimitir y no oponer apenas resistencia ante el mayor empuje de su rival. También, como el pasado fin de semana, están las ocasiones en las que el árbitro acaba por condenarlo al empate, como ocurrió con el clamoroso empujón a Joao Rodríguez que obvió Óliver de la Fuente Ramos y que hizo que no se moviese el marcador en la visita del Extremadura (0-0) al Heliodoro.
Sea como sea, el tsunami del clásico ya está aquí. Con toda su simbología en esta orilla del Teide y también en la del Nublo. Cada uno con sus historias. Con sus héroes. Y con sus mitos. Pero con una raíz común para ambos, ya que la historia particular de estos duelos ha dejado escrito que suele ser un punto de inflexión para el que lo gane y que las consecuencias del ‘revolcón’ para el derrotado suponen mucho más que perder únicamente tres puntos. No solo por el componente emocional que suscita la rivalidad enconada entre ambas instituciones, sino porque un derbi no se termina hasta que no empieza el siguiente.
Con este panorama no tengo ni idea de lo que ocurrirá el domingo. Y, para ser honesto, me conformo con que el Tenerife compita. Pero que lo haga si fuese el último partido del curso. Espero que no regale nada y sobre todo que, sea cual sea el resultado final, me haga sentir orgulloso porque jugó bien al fútbol y se dejó la piel en cada segundo del partido. En cada balón dividido. Y en cada duelo individual.
He escrito hasta la saciedad esta temporada que algún día se acabará la mala racha como visitante del Tenerife. Y tengo la teoría de que, cada semana que pasa sin que eso suceda, también está más cerca el día en el que los blanquiazules vuelvan en su equipaje con los tres puntos. También, como cualquier otro aficionado, soy consciente de que no hay mejor escenario para enterrar esa pesada etiqueta que en Gran Canaria.
Sobre todo porque el Tenerife ya ha demostrado que sabe cómo ganar allí cuando, como ahora, llega enormemente necesitado de puntos. Es obvio que ninguno de los dos quiere salir derrotado y, quizá por eso, nadie se ha saltado las líneas rojas que suponen incentivar aún más al adversario tras una declaración altisonante. La prudencia caracteriza el discurso de ambos bandos. Pero me llama poderosamente la atención que Miguel Ángel Ramírez diga que Las Palmas no está ahora a la altura del Tenerife porque los blanquiazules han sumado más puntos últimamente. O que alguien con la voracidad goleadora de Rubén Castro diga con la boca pequeña que le da igual marcarle o no al eterno rival. Mi sensación es que si en el Tenerife hay miedo a perder, en Las Palmas se han sacado a toda prisa el disfraz de favoritos porque imaginarse una derrota ante los blanquiazules los tiene ya como flanes.