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Empatía

Redacción Deporpress | Errar es de humanos. Y todos nos equivocamos. Unos al intentar blocar un balón y otros al sentarnos a escribir una contracrónica como esta. Resulta complicado analizar el derbi canario sin sustraerse a la cantada antológica que protagonizó Adrián Ortolá en el minuto 55. Sobre todo porque acabó siendo decisiva para el destino de un partido que, como suelen ser este tipo de encuentros, fue más ruido que nueces.

Es una lástima que el guardameta blanquiazul eligiese esta cita para cometer, probablemente, el error más grosero desde que, con vaya usted a saber qué edad, se puso unos guantes de portero por vez primera. Puede resultar duro decir que Las Palmas ganó el derbi porque Ortolá era hoy el portero del Tenerife. Pero es la pura realidad.

Nunca un equipo ganó un derbi con tan poco. La UD se encontró con el Tenerife más serio fuera de casa en lo que va de curso. Los blanquiazules minimizaron las virtudes de los amarillos e, incluso, se adueñaron de la pelota y el peligro se trasladó hasta el área grancanaria. Un par de manos que el VAR se encargó de juzgar como no voluntarias hicieron esta vez que se llegase al descanso con equilibrio en el marcador, pero con el equipo de Fran Fernández como claro ganador a los puntos.

Especialmente porque ganó casi todos los duelos individuales. El Tenerife fue intenso. Estuvo concentrado y se encargó de impedir que Las Palmas tuviese ni una sola oportunidad de hacer lo que mejor sabe: combinar y correr hacia la finca del rival.

Ortolá dinamitó todo eso con su acción. Quiso asegurar enviando a córner un centro que se iba hacia su portería tras tocar en un compañero. Pudo elegir blocarlo. Porque era un balón fácil. Cómodo. Sin que nadie lo estorbase. Pero no lo hizo. Se giró hacia su portería y apenas saltó. Atacó la pelota con exceso de confianza y empujó el balón con las dos manos. Lo hizo cuando el balón ya había bajado demasiado. Incluso varios centímetros por debajo del larguero. Cuando se dio cuenta de su monumental error, el balón ya estaba dentro de su portería. Sus compañeros lo miraron atónitos. Y toda una isla juraba en arameo, mientras otra celebraba con júbilo el obsequio.

Había encajado uno de esos goles que salen en los resúmenes de fin de año para provocarnos las últimas carcajadas antes de fin de año. Un tanto ridículo y extraño. Insólito por lo infrecuente en cualquier partido, incluso en los que se juegan en categorías reservadas a los aficionados.

El gol hubiese quedado en una anécdota si el Tenerife hubiese dominado el marcador. Si no hubiese sucedido en  este fútbol moderno, en el que los porteros ya son casi mejores con los pies que con los guantes. Porque hay guardametas, como Ortolá, que manejan los pies mejor que muchos futbolistas, pero que luego exhiben auténticos problemas a la hora de blocar un simple balón. Y no es algo exclusivo del partido de hoy o que pueda circunscribirse a este error garrafal. Ortolá, pese a su estatura, no domina el juego aéreo y mucho menos bloca los balones con la facilidad que sería deseable.

En este fútbol moderno, los partidos se plantean también para que no pase nada. Para anular al contrario. Para que pase algo que los decida. Y ese algo, intangible y caprichoso casi siempre, suele ser una moneda que, caprichosamente, suele salir cruz para los intereses del Tenerife.

En esta ocasión, el fallo de Ortolá rescató, en el momento más inoportuno, la versión de ese Tenerife que regala. Un fallo individual hizo añicos todo el esfuerzo colectivo. Y desnudó lo justo que es el equipo de Fernández cuando le toca sobreponerse al mazazo. Una pena porque el portero, con su pifia, no solo se ha cargado seis años en los que los blanquiazules estaban invictos en los derbis. Ha hecho trizas la oportunidad de que el equipo despegase hacia un destino clasificatorio mejor y, de paso, vuelve a meterlo en las arenas movedizas de las dudas ante cualquier nuevo revés en el Heliodoro.

No me gustaría estar en la piel de Ortolá esta noche. Supongo que será el más fastidiado por haber decidido un partido con un fallo así. Errar es de humanos. Y todos nos equivocamos. Unos al intentar blocar un balón y otros al sentarnos a escribir una contracrónica como esta. Pero, cuando el Tenerife te da tan poco como lo que nos ofrecen los blanquiazules en las últimas temporadas, la rabia que sientes al ver cómo dejas escapar este derbi canario le gana por goleada a cualquier atisbo de empatía.