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Emociones

Por @rondoscutillas

Me siento ante el teclado con mil ideas en el cerebro. Diversas. Unas tienen certificado de propiedad y otras son ajenas. Pero todas, en suma, están relacionadas entre sí. Lo bonito de tener la oportunidad de escribir es, precisamente, eso. Transmitir lo que piensas y plasmarlo en unas líneas que van a ser leídas por gente que ni siquiera conoces y a la que vinculas contigo, de alguna manera, sin proponértelo siquiera.

Este pequeño milagro de la comunicación entre emisor y receptor me fascina aún hoy casi como el primer día. Va para 24 años que me dieron la oportunidad de expresar lo que siento a través de esta vía y el hecho de que estas letras vean la luz, ya sea en papel, en formato digital, a través de las redes sociales o en la voz de alguien, me hace sentir como un privilegiado.

La auténtica magia consiste en que a alguien le importe lo que plasmas aquí. Ya sea para bien o para mal. Sé que la objetividad pura no existe como tal. La destruyes desde el momento en el que tus dedos manipulan tus ideas para versionarlas según tu propio criterio. Pero, siempre que lo hago, soy honesto. Al menos conmigo mismo y con mis pensamientos.

Uno de los mayores placeres que encuentro en un día festivo como este 30 de mayo es poder bajarme por unas horas de la rutina y detenerme a leer lo que piensan los demás. Dejarme atrapar por lo que escriben otros y sorprenderme, casi siempre para bien, con lo que tratan de transmitir al resto del universo.

Decía al principio que llevaba un montón de cosas en la cabeza. Y hoy me he acordado, con cierta nostalgia, de los canarios a los que las compañías aéreas han cortado las alas con sus desorbitados precios. De esos que, una y otra vez, tienen que esquilmar sus ahorros para intentar volver, menos veces de las que les gustaría, a la tierra que los vio nacer.

También me he sentido orgulloso de los que llegaron de otros lugares, como Javi Beirán, pero se sienten de aquí. De los deportistas que son de aquí y están fuera. Gente como Sergio Rodríguez, Pedro Rodríguez o Ayoze Pérez, auténticos embajadores de esta tierra más allá de nuestras fronteras. Y me sorprende que otros cuyo paso fue breve, como Marc Crosas, se llevasen consigo estos paisajes y sus gentes para acordarse de ellos en ocasiones especiales.

Llegados a este punto aparece, por fin, este domingo. El escenario ideal para conseguir que el CD Tenerife valide ante el Nástic el pasaporte hacia la ilusión por la que lleva meses peleando. Es tiempo de unidad. Y, sobre todo, de esperanza. De fe en un grupo que este curso se ha empeñado en conjugar el verbo ganar con la regularidad adecuada. Y de confianza en una afición que se ha significado por el apoyo incondicional a sus colores dentro y fuera de la isla.

Si algo define a los canarios es su talento especial. Su originalidad. Y su capacidad de trabajo y sacrificio. Valores que casi todos desarrollamos en mayor o menor medida y que, por regla general, forman parte de nuestras singularidades. El tiempo me ha demostrado que rara vez son capaces de pararnos si nos empeñamos en conseguir lo mismo. Y que, para lo bueno y lo malo, somos bastantes tradicionales y costumbristas. Por eso, espero que esta temporada vuelva a cumplirse la teoría que señala que los ascensos del Tenerife se producen en año impar. Sobre todo porque esta entidad, y sus seguidores, necesitamos quitarle en junio, y de una vez por todas, el dichoso freno de mano a nuestras emociones.