Por @jf_rojas
Fantasmas. Es cierto que mirar la clasificación de Segunda nos devuelve a las tinieblas de cuando hace un par de meses encontrábamos al Tenerife al borde del desastre. Por un tiempo más corto de lo deseable quisimos convencernos de que el riesgo del descenso quedaba atrás pero los últimos resultados nos presentan de nuevo ante los fantasmas del pasado. Quizás los que pensábamos que al equipo le esperaba un final de temporada plácido y sin agobios pecamos de ingenuos y de mala memoria. El Tenerife no acostumbra a dejar un respiro a sus aficionados y las semanas que quedan por delante no van a ser una excepción. Volvemos al territorio de las finales, los nervios y el infarto, el territorio en el que la entidad ha hecho sus mejores y peores cosas. Definitivamente, éste nunca ha sido un club de medias tintas.
Dilema. La situación del equipo plantea un dilema tan confuso como inhabitual. Si bien es cierto que hay pocos argumentos para defender su juego, tampoco puede cuestionarse que la producción ofensiva durante los partidos -al menos en casa- no sea sorprendentemente rica para un equipo en su situación. Tanto ante el Lugo como ante la Llagostera el Tenerife fabricó una cantidad indecente de ocasiones que posteriormente se permitió fallar con idéntica indecencia. No es común que un equipo en esta categoría enfrente la puerta rival con tanta facilidad pero tampoco es fácil encontrar a quien desperdicie ocasiones con semejante generosidad. ¿Ahora Agné debería limitarse a esperar a que cambie la suerte o debería intervenir más profundamente en el juego arriesgando la principal virtud de su equipo? El dilema está sobre la mesa.
Números. La gente empieza a hacer números, comparar trayectorias y escudriñar calendarios de rivales. La posibilidad de otro descenso al pozo en tan corto plazo se nos hace tan espantosa que el miedo empaña la mayor parte de los análisis. El objetivo de terminar la temporada dejando por debajo a cuatro equipos no es ninguna utopía para una plantilla como la del Tenerife pero también es cierto que mientras no se invierta la racha de resultados en la que vive todo parecerá más complicado de lo que en realidad es. Ahora pensamos en Santander con un toque de ansiedad y esperanza. Vencer al Rácing casi descartaría a un rival entregando al equipo la confianza que necesita para medir el resto de la competición con optimismo. Otra derrota en cambio pintaría de negro las expectativas y añadiría más kilos de tensión a los jugadores y el entorno. Lo dicho, llega el territorio de las emociones fuertes.